
El decálogo del buen castrista: cómo ser un mártir sin ganas y morir de hambre con la frente en alto
Por Anette Espinosa
La Habana.- Resulta que, según el manual de instrucciones del castrismo —ese que reparten en las escuelas de represión junto con la ética del «resiste y sobrevive»—, los cubanos tenemos una única misión en la vida: aguantar. Aguantar con la bota puesta en el cuello por los siglos de los siglos, amén. Porque protestar, ay, protestar es cosa de malos cubanos.
¿Que no tienes qué comer? ¿Que tu hijo se muere sin medicinas? ¿Que llevas tres días sin luz en pleno verano? Pues calla, que si abres la boca estás haciendo el juego al imperio. Y resulta que el imperio, ese que ellos mismos inventaron para justificar su existencia, te paga en dólares por quejarte. O eso dicen. Porque luego uno busca los dólares y no aparecen, pero la mentira sí, bien nutrida y con cargo al presupuesto de la desinformación.
Y ojo, que el decálogo no termina ahí. Porque además de tener prohibido protestar, también tenemos prohibido morirnos de hambre con dignidad. No, señor. Hay que morirse discretamente, sin molestar, sin hacer ruido, sin que los vecinos se enteren de que el socialismo real no da ni para un plato de arroz blanco. Porque si alguien del barrio se entera, igual empieza a pensar, y pensar es peligroso.
Mejor callar, mejor esperar, mejor cruzarse de brazos mientras los apagones se llevan la leche del refrigerador que apenas pudiste comprar. Y mientras tanto, los defensores del régimen, esos que viven en Miami o Madrid y nunca han pasado una noche sin aire acondicionado, nos explican que Cuba es un ejemplo de resistencia heroica. Heroica es la palabra. Lo que no dicen es que la heroína de esta historia es el hambre.
¿Vendepatrias?
Ah, y por supuesto, no podemos apoyar ninguna acción externa que acabe con esta pesadilla. Porque si alguien desde fuera —digamos, un gobierno que no sea este— intentara ayudar a que los cubanos se saquen de encima a esta panda de delincuentes, entonces seríamos traidores. Malos cubanos. Vendepatrias.
Porque la patria, según la versión oficial, no es el país donde viven los cubanos, sino el monumento a la megalomanía de unos apellidos que llevan décadas envenenando todo lo que tocan.
Así que no, no podemos pedir ayuda internacional, no podemos apoyar una intervención, no podemos ni soñar con que alguien nos eche una mano. Hay que sufrir solos. Hay que morir solos. Hay que enterrar a nuestros muertos sin velas, sin ataúd, sin nada, pero con la frente en alto. Qué bonito es el patrioterismo cuando lo predican los que tienen la visa en el bolsillo.
Y mientras tanto, mientras los cubanos de a pie se ahogan entre colas, apagones y represión, los Castro y su corte de acólitos siguen decidiendo sobre cada aspecto de nuestras vidas. Sobre qué podemos comer —cuando hay qué comer—, sobre qué podemos pensar, sobre si podemos salir o no de esta jaula.
Y encima nos llaman «privilegiados» por vivir en el único país del mundo donde el Estado te roba hasta las ganas de vivir. Porque el castrismo no es solo un sistema político: es una secta, una religión de la miseria, un culto a la mediocridad que necesita mantener al pueblo abajo para que los líderes se sientan arriba. Pero ya no funciona. La mentira tiene las piernas más cortas que la verdad, y la verdad, aunque tarde, está llegando.
Cuba es más mía que de los Castro
Así que yo me niego. Me niego a esperar, a morir de hambre, a vivir a expensas de mosquitos y de un gobierno que es el verdadero bloqueo. Y apoyo cualquier acción —dígase bien claro, cualquier acción— que lleve al fin del castrismo. No por venganza, no por odio, sino porque yo quiero para mi país lo mismo que ellos han querido para sus hijos: vivir en libertad.
No me da vergüenza decirlo. La vergüenza la tienen ellos, que ultrajaron una nación y la mancillaron con la excusa de salvarla. Cuba es mía, es tuya, es nuestra. Más nuestra que de esa familia que nunca ha sabido lo que es pasar hambre. Y algún día, aunque tenga que ser a golpe de voluntad popular, nos la van a tener que devolver. Sin manuales, sin discursos, sin miedo. Porque el miedo, al fin, se acabó. O debería.






