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Por Oscar Durán

Cárdenas.- En Cárdenas ya no hace falta esperar la madrugada para sentir miedo. Ahora te pueden vaciar un bolsillo, arrancarte una cadena o meterte un susto a plena luz del día, como en los tiempos de las pandillas en San Salvador.

Lo que antes era comentario aislado de esquina hoy es conversación obligatoria en cualquier portal: “a fulano lo asaltaron”, “a mengano le entraron en la casa”, “a una muchacha le quitaron el teléfono saliendo del trabajo”. La delincuencia dejó de ser excepción para convertirse en rutina.

Cuando cae la noche, el pueblo cambia de rostro. Las calles se vacían temprano, las puertas se cierran con doble llave y la gente prefiere recogerse antes de exponerse a cualquier desgracia. Cárdenas parece vivir bajo una especie de toque de queda no decretado, impuesto directamente por el miedo. Nadie te obliga a entrar temprano, pero el ambiente te lo susurra al oído como una advertencia bastante clara.

Lo más preocupante no es solo el aumento del delito, sino la normalización del fenómeno. En Cuba se está instalando una peligrosa resignación: aceptar el robo, el asalto y la violencia como parte del paisaje cotidiano. Cuando una sociedad empieza a convivir con eso, algo profundo ya se rompió. No estamos hablando únicamente de criminales; estamos viendo el resultado de años de precariedad, frustración y una crisis económica que exprime hasta el último hilo de paciencia.

Nadie se despierta queriendo vivir del delito por deporte. Hay una mezcla explosiva entre pobreza, falta de oportunidades, impunidad y una juventud que muchas veces no ve salida alguna. El Estado sigue atrapado en su retórica eterna, hablando de resistencia y heroicidad, mientras en barrios enteros la prioridad real es mucho más básica: llegar vivo a casa y que no te desvalijen por el camino.

Cárdenas es apenas un espejo de algo más grande. Lo mismo se escucha en La Habana, Santiago, Matanzas o Santa Clara. Cuba atraviesa una degradación social que ya no se puede esconder detrás de consignas ni discursos ideológicos.

Cuando la gente tiene más miedo al vecino desesperado que a quedarse sin corriente, es porque el país entró en una fase mucho más delicada de la crisis. Y eso, aunque algunos prefieran no admitirlo, también es una forma de apagón.

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