
Santiago de Cuba celebra la inauguración de una oficina de cajeros como si fuera una obra histórica
Por Jorge Sotero
Santiago de Cuba.- Hay países que inauguran hospitales de primer nivel, líneas de metro, aeropuertos gigantescos o centros tecnológicos capaces de competir con Silicon Valley. Después está Cuba, donde la noticia de la semana es la apertura triunfal de una oficina de cajeros automáticos en Santiago de Cuba, como si acabaran de lanzar un cohete a la luna desde el Distrito José Martí.
Lo más impresionante no es el cajero en sí, sino el nivel de emoción colectiva que intentan venderte. Aquello parecía la inauguración de unos Juegos Olímpicos bancarios con funcionarios posando orgullosos alrededor de dos máquinas que probablemente en tres semanas estarán fuera de servicio.
Hablan de “una obra largamente esperada” para beneficiar a 15 mil habitantes. Hermano, estamos hablando de cajeros automáticos, no de una planta desalinizadora en medio del Sahara. Pero claro, en un país donde sacar efectivo se ha convertido en una disciplina extrema, encontrar un ATM funcionando ya entra en la categoría de milagro nacional. Falta solamente que el Noticiero dedique una Mesa Redonda especial titulada: “Impacto estratégico del cajero revolucionario en el desarrollo del barrio”.
Y qué decir del desfile de cargos presentes en el acto. Aquello parecía una cumbre diplomática del G7 tropical. Presidentas del Consejo Popular, directores provinciales, ejecutivos del distrito… medio aparato estatal movilizado para cortar la cinta de unos cajeros.
Uno imagina a la gente alrededor aplaudiendo emocionada mientras la máquina, por dentro, reza para que no se vaya la corriente antes del primer retiro de 500 pesos. Sí, porque esa es otra: inauguran cajeros en un país donde los apagones duran más que la batería de respaldo del propio banco.
La parte más gloriosa llega cuando agradecen públicamente a la Mipyme Decorads por la decoración del local. Ya ni siquiera esconden el nivel de derrumbe. O sea, el acontecimiento no fue solamente instalar cajeros; también hubo globitos, pintura fresca y quizás una mata ornamental para darle un toque premium a la tragedia nacional.
En cualquier otro lugar del mundo una empresa decora oficinas y nadie se entera. Aquí lo convierten en un reconocimiento histórico porque ya la vara del progreso cayó tan bajo que poner unas paredes bonitas alrededor de un ATM merece homenaje público.
Esto se fue de control hace rato. El cubano pasó de soñar con prosperidad a emocionarse porque tendrá un cajero más cerca para intentar sacar un dinero que casi nunca aparece en la tarjeta. Esa es la Cuba actual: un país donde abrir un pequeño local bancario se vende como un logro monumental mientras faltan medicamentos, comida, combustible y electricidad.
Lo peor de todo no es el cajero; lo peor es que quieren convencerte de que vivir así es normal y que uno debería sentirse agradecido por semejante “avance”.






