El poder detrás del telón: cuando el apellido pesa más que la institución

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Por Ariel Monnar ()

Mientras el «presidente» Miguel Díaz-Canel sigue repitiendo consignas frente a cámaras, disfrazado de militar y leyendo discursos prefabricados por sus amos, las negociaciones reales terminan pasando por una persona que lo único que tiene es un apellido.

No es diplomático, no pertenece ni siquiera a la Asamblea Nacional del Poder Popular. No es un líder de masas, ni ministro, ni parte del Comité Central del Partido. No es canciller. ¡NO ES NADA! Solo el nieto de Raúl Castro.

El mensaje es brutalmente claro: el mundo sabe perfectamente quién manda de verdad en Cuba, quiénes son los dueños de este feudo y quién está ahí solo para ser un payaso que va a decorar el escenario.

Pero vamos a recurrir a la más ínfima expresión de ética moral, esa que se supone que cualquier ser humano que conozca desde lejos la palabra dignidad debe tener. Porque si el supuesto presidente de la República no es el hombre con el que se habla cuando hay temas serios sobre la mesa, entonces estamos ante una figura simbólica, un administrador del desastre, no un líder con poder real. Un títere en toda la expresión de la palabra y contra todo tipo de ejemplo institucional de cualquier gobierno a nivel mundial. Un hazmerreír ante la diplomacia internacional. Política e históricamente es la mayor humillación para un jefe de Estado en la historia de la República de Cuba.

Un irrespeto colosal

Moralmente, una confesión pública de que Cuba sigue funcionando como un feudo gobernado por un círculo cerrado de poder familiar y militar donde los apellidos pesan más que las instituciones. Algo inverosímil para la política internacional en el siglo XXI. Una especie de monarquía revolucionaria tropical disfrazada de república socialista, intentando hacer que el mundo crea que esto es un Estado.

Y lo más duro no es siquiera lo que piense Washington. Lo más duro es el mensaje hacia dentro del país: después de décadas de sacrificios, discursos sobre soberanía y cuentos de participación popular, al final el poder sigue concentrado, y al parecer seguirá en el mismo núcleo histórico, en las mismas familias, en los mismos apellidos y en las mismas estructuras de control.

Moralmente es una irrespetuosidad colosal hacia todas las estructuras políticas y de masas, y hacia los miembros de esas estructuras dentro de la isla. Y aunque no se reconozca y no exista ninguna acción de renuncia por parte de personas que con dignidad han creído en el comunismo, no deja de ser una vergüenza abismal los hechos acontecidos en las últimas horas en La Habana.

No existe un comunista con vergüenza, a menos que a partir de hoy personas con verdadera lealtad y honestidad ante el credo comunista comiencen el proceso de renunciar a sus membresías en tan vergonzosa organización política. No existe la más mínima pizca de moral y dignidad en la persona de Díaz-Canel Bermúdez. No existe la más mínima hombría y carácter en la persona del presidente de Cuba. Si ante esta megavergüenza no renuncia, o por lo menos se da un tiro.

Si tuviera vergüenza, se suicidara

Haydée Santamaría se dio un tiro en la cabeza cuando despertó ante el monstruo que era Fidel Castro y el comunismo y no tenía escapatoria. El expresidente Osvaldo Dorticós, cuando se percató de cómo su nombre iba a quedar en la historia de Cuba por haber pasado treinta años permitiendo que su rostro fuera un comodín para la dictadura de Fidel Castro, se suicidó ante la vergüenza.

Si Díaz-Canel tuviera la más mínima ética moral debería por lo menos renunciaría al partido y a la presidencia, porque ambos le han irrespetado como persona, dándole el camino de pasar a la historia de esta nación como una vergüenza de la que no se querrá hablar para bien. Queda demostrado que la familia Castro no está interesada —como nunca lo estuvo— en otra cosa que no fuera el poder y el uso de la afiliación política de muchas personas para su beneficio personal.

Queda demostrado que la familia Castro no tiene el más mínimo respeto a ninguna organización política y diplomática en la isla de Cuba y que el discurso comunista y la afiliación es solo la máscara de una mafia que gobierna esta isla como si fuera el clóset de su casa. También queda demostrado que las máximas autoridades de Cuba no son el Consejo de Estado ni el Consejo de Ministros. No es la Asamblea Nacional del Poder Popular ni ninguna otra institución que no sea el clan mafioso de la familia Castro.

Queda demostrado que a usted, señor presidente. Miguel Díaz-Canel Bermúdez, no lo respetan ni lo obedecen y que usted es la peor vergüenza de la historia de la República de Cuba.

El presidente debería renunciar… por vergüenza

Esta última reunión es más que todo una alerta para los que hemos querido un cambio en Cuba, y una vergüenza para cada institución de este país.

La renuncia del presidente de Cuba y la renuncia de cada militante con moral y dignidad en Cuba —si es que los hay— no debería ser ahora mismo por un problema ideológico, o de reconocimiento de las atrocidades y errores de estas instituciones por 67 años. Debería ser por moral, por la no tolerancia a la violación de los estatutos y lineamientos del partido en el que ellos creen, por la violación de la Constitución de la República de Cuba por parte de este grupo de rufianes.

Por autorespeto y honestidad. Por incapacidad demostrada. Por ser un partido fallido que ha dado a luz a un Estado fallido. Por no pasar a la historia con sus nombres manchando el nombre de un país escrito con sangre digna.

Esta última reunión del presidente de la CIA con este personaje es la sentencia de que Cuba no es ni siquiera un Estado. Es la colonia de una familia.

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