
La vieja guardia
Por Luis Alberto Ramírez ()
MIami.- En mi opinión, en Cuba hace mucho tiempo dejó de existir un gobierno en el sentido tradicional de la palabra. Lo que realmente opera en la isla es una estructura de poder militarizada que administra el país como si fuera un gran consorcio cerrado, donde todo termina bajo el control de un pequeño grupo que decide el destino económico y político de la nación sin rendir cuentas al pueblo.
El turismo, las remesas, las empresas mixtas, los negocios internos y buena parte de la economía nacional pasan por manos de conglomerados vinculados al aparato militar. El Partido Comunista, que durante décadas fue presentado como el “órgano rector de la sociedad”, terminó cediendo el verdadero poder a una élite castrense que controla recursos, instituciones y decisiones estratégicas.
Esa gerencia militar no funciona como un gobierno democrático ni como una administración pública subordinada a los ciudadanos, sino como una estructura cerrada que protege sus propios intereses y garantiza su permanencia.
Lo más preocupante es que ese poder se ha concentrado durante años en los llamados “históricos” de la revolución y en su círculo más cercano. Figuras como Raúl Castro, Ramiro Valdés y José Ramón Machado Ventura representan una generación política que convirtió la supervivencia del sistema en el único objetivo nacional. Ya no se gobierna pensando en el bienestar de los cubanos, sino en preservar una ortodoxia revolucionaria que, pese al desgaste económico y social, se niega a desaparecer.
La prioridad es la conservación del poder
Por eso considero que el principal obstáculo para cualquier transformación real en Cuba sigue siendo esa estructura envejecida de poder. Mientras las decisiones continúen subordinadas a los intereses de un reducido grupo de nonagenarios aferrados al control absoluto, será imposible hablar de apertura auténtica, prosperidad o reconciliación nacional. El problema no es únicamente ideológico; también es generacional y estructural.
La revolución cubana se sostuvo durante décadas apelando al discurso de la resistencia, pero hoy esa resistencia parece orientada únicamente a conservar privilegios y evitar el colapso del modelo. La fórmula de esos dirigentes es simple: sobrevivir políticamente a cualquier costo, incluso si el país se hunde en la pobreza, la emigración y la desesperanza.
Y precisamente ahí está la gran contradicción del sistema: los líderes cubanos no se subordinan a la voluntad popular, sino a la preservación del poder. Cuando esa estructura finalmente desaparezca o pierda capacidad de control, el edificio ideológico comenzará inevitablemente a desmoronarse, porque ningún sistema puede sostenerse indefinidamente solo mediante el miedo, el control económico y la obediencia forzada.
Díaz-Canel es un títere, Marrero una marioneta y la asamblea nacional un cardumen de focas con el único objetivo de aplaudir y, a mano alzada, aprobar.






