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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Mire esta foto. Observe con atención. Un hombre cubano, del campo, hala una carretilla. No lleva tierra, ni abono, ni el poco arroz que aún se consigue en algún mercado negro. Lleva un ataúd. Y no, no es de esos ataúdes que usted recordará de antes, de aquellos que aún denotaban un mínimo de dignidad para el último viaje. Este es un cajón cualquiera, improvisado, que parece más un embalaje de fábrica que el lecho eterno de un ser humano. Pero la carretilla, amigos, es el símbolo. Porque en la Cuba que ha construido el castrismo, ni siquiera para llevarte a tu tumba hay gasolina, ni hay carros fúnebres, ni hay nada. La muerte, como la vida, está avergonzada.

Y usted dirá: “Sotero, no exagere, es solo un caso”. No, amigo. Es un caso, sí. Pero es el caso que se ha hecho visible, el que ha trascendido la alambrada del silencio. Es la metáfora perfecta de un Estado que ya no garantiza absolutamente nada. ¿Comida? No. ¿Medicinas? No. ¿Electricidad? Mire los apagones, mire las velas. ¿Transporte? Mire la carretilla. ¿Comunicaciones? Intente navegar por internet desde la isla. ¿Derechos humanos? No me haga reír. Y ahora, también, la muerte digna ha quedado reducida a ese par de ruedas. El derecho a un sepelio digno, al último adiós con respeto, se ha convertido en un lujo que este gobierno miserable ya no está dispuesto a financiar. ¿Qué sigue?

Lo peor no es la imagen, que ya es terrible. Lo peor es lo que viene. Porque cuando una nación no es capaz de garantizar la logística más básica para sus muertos, está anunciando el colapso final. El régimen cubano, ese que se llena la boca de frases grandilocuentes sobre héroes y mártires, ha dejado a su pueblo en la más absoluta de las miserias. Y los muertos, señores, también son pueblo. Las funerarias, vetustas, sin refrigeración, sobreviven entre apagones que cortan la corriente y también la poca conservación que les queda. Los cementerios, lejos. Los carros, sin combustible. Los familiares, desesperados. La solución, para muchos, será el patio de la casa.

Y llegará el día, no lo dude, en que los cubanos tengan que cavar la fosa junto al limonero, o junto al pozo de agua sucia. Llegará el día en que velar a un ser querido sea un acto de resistencia doméstica, a escondidas de un vecino que podría delatarte, o de una Seguridad del Estado que aún tiene tiempo para perseguir disidentes pero no para comprar un par de neumáticos para el coche fúnebre. Enterrar a tu madre, a tu padre, a tu hijo -ojalá que nunca sea así-, en el patio trasero. Esa no es una imagen del siglo XIX. Es una imagen del siglo XXI en Cuba, la del socialismo real, la del paraíso proletario que tanto nos vendieron.

Así que no me pida moderación. No me pida que entienda el contexto. Yo entiendo perfectamente el contexto: es el de una dictadura cobarde, inútil, que ha sido incapaz de construir una nación moderna y digna, y que ahora, en su agonía, arrastra a su pueblo a una muerte sin sepultura decente. La carretilla con el ataúd es el retrato del fracaso. Y el día que los cubanos tengan que cavar sus propias tumbas en el jardín porque no les queda ni la fuerza ni la gasolina para llegar al cementerio, ese día los vecinos de la patria socialista se acordarán de quienes condenaron a sus muertos a la fosa común del olvido. El silencio, algún día, se acabará. Y la carretilla será entonces un testimonio… como esta foto.

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