
Coherencia y principios, en los tiempos y los destiempos
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
He dejado reposar mis ideas para sumar y no restar
Houston.- Todos cabemos en esta lucha. Todos. Pensemos como pensemos. Esa es —o debería ser— la base ética de cualquier empeño verdaderamente nacional. Entonces, ¿por qué tantos ataques a un trabajo que solo pretende exponer puntos de vista?.
Las críticas, cuando nacen del conocimiento y la buena fe, siempre serán bienvenidas: Enriquecen, elevan y obligan a repensar. Pero el insulto, la descalificación vacía y la agresión sin argumento no construyen absolutamente nada. No las comparto ni las aceptaré como norma del debate.
En política, la coherencia no es un adorno: Es columna vertebral. Quienes me leen saben que no hablo desde la abstracción, sino desde hechos verificables por cualquiera que investigue con seriedad. Escribo con cuidado, con mesura, con respeto. Pero ese respeto no implica silencio ante lo que genera más dudas que certezas.
Y es ahí donde surge el conflicto —no personal, sino de principios.
Fidel fue el germen
Resulta difícil no señalar la contradicción cuando, en un momento, se evoca con nostalgia un pasado que hoy sabemos profundamente dañino —“con Fidel tenía mochila, zapatos, juguetes y desayuno”— y, poco después, se clama con desesperación por las carencias actuales, sin detenerse a comprender las causas que nos han traído hasta aquí. Más aún cuando se afirma, de manera categórica y reciente: “CON FIDEL NO PASABAN ESTAS COSAS”. No hablo de palabras lejanas en el tiempo, sino de expresiones públicas, registradas en la propia voz de quien hoy aspira a liderar. No condeno: Expongo. «A Fidel, lo respetan hasta sus enemigos». Son suyas estas palabras …Entonces…
No se trata de desacreditar. Ese no es —ni será— el propósito. Se trata de comprender si existe coherencia entre el discurso, la memoria y la responsabilidad histórica. Porque la tragedia que vive Cuba no admite simplificaciones ni nostalgias selectivas.
También llama la atención el enfoque: Centrarse únicamente en la experiencia personal, sin aludir a la represión, a los presos políticos, al dolor de tantos opositores. No porque cada cual no tenga derecho a contar su historia, sino porque quien aspira a conducir una nación debe mirar más allá de sí mismo.
Hoy se plantea una aspiración legítima: Ser presidenta. Ese derecho no se discute. Pero junto al derecho surge una pregunta inevitable: ¿dónde queda la coherencia?
No invento ni conjeturo. Me limito a recoger palabras expresadas públicamente. Y lo hago con pesar, no con ánimo de herir.
Si el tiempo demuestra solidez, madurez política, comprensión profunda del país y sacrificio genuino por la patria, seré el primero en reconocerlo. Rectificar no me humilla; me honra. Así lo entiendo.
Y si hay autenticidad, talento real, y si no se convierte en un factor de fractura para la unidad que tanto ha costado construir, entonces también sabré decirlo con claridad: bienvenida a la lucha.
Tiempo de unir
Pero hay algo que no puede perderse de vista: Este no es tiempo de ingenuidades. La historia reciente nos ha demostrado —a un costo demasiado alto— que avanzar sin discernimiento, sin análisis y sin rigor conduce al desastre.
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, emerge un esfuerzo serio, estructurado y pensado para diseñar una transición hacia la democracia. Un proyecto con bases, con pasos y con sentido estratégico. Eso no puede ser ignorado ni puesto en riesgo por impulsos o protagonismos apresurados. Hay límites para la arrogancia, y hay destiempos para la acción.
Hay tiempos… y hay destiempos.
Y este es, sin duda, ES tiempo de unir, no de fracturar.
Por eso escribo: No desde la soberbia, sino desde la preocupación; No desde la dureza, sino desde el dolor. Como quien habla en voz baja, procurando que incluso en la discrepancia no se pierdan el respeto ni la dignidad.
Porque, al final, lo que está en juego no es una persona, ni un nombre, ni una ambición. Es el destino de Cuba.
Me debo a los cubanos nobles, a las personas decentes; no a quienes reducen la polémica al agravio, al insulto y al ruido. Esos no cuentan.
Y no se hace así Patria. ¡Esta claro!






