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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Pocas veces en la historia de Cuba un gobernante ha presidido un período de deterioro tan profundo y visible como el que vive hoy la nación bajo Miguel Díaz-Canel. Su mandato pasará a la historia no por las soluciones que aportó, sino por haber administrado una de las etapas más sombrías del país mientras insistía en describir una realidad que millones de cubanos no reconocen

Cuba se hunde en una crisis económica, social y moral de proporciones históricas. Los apagones se han convertido en parte de la vida cotidiana. Los alimentos escasean. Los medicamentos desaparecen de las farmacias. Los salarios han perdido gran parte de su valor, o todo su valor. Familias enteras sobreviven gracias a remesas enviadas desde el exilio, mientras el Estado continúa demostrando una incapacidad alarmante para garantizar las necesidades más elementales de la población

Lo más grave no es únicamente el desastre material. Lo verdaderamente devastador es la distancia entre el discurso oficial y el sufrimiento real de los ciudadanos. Mientras los cubanos enfrentan largas colas, hambre, incertidumbre y desesperanza, las declaraciones gubernamentales suelen presentar escenarios de recuperación, resistencia y avances que resultan difíciles de conciliar con la experiencia diaria de la población.

La historia será implacable

Cada entrevista optimista emitida desde los salones del poder contrasta con la oscuridad de los barrios sin electricidad. Cada promesa de mejoría choca contra la realidad de hospitales deteriorados, anaqueles vacíos y una emigración masiva que desangra al país. Millones de cubanos no escuchan esas palabras con esperanza, sino con creciente incredulidad.

El éxodo nacional constituye quizás el veredicto más contundente sobre esta etapa. Cuando centenares de miles de ciudadanos abandonan su tierra, no están emitiendo un discurso político; están votando con los pies contra una realidad que consideran insoportable. La fuga de jóvenes, profesionales y trabajadores representa una herida demográfica cuyas consecuencias se sentirán durante décadas.

Díaz-Canel heredó una crisis profunda, pero su administración no ha logrado detenerla. Por el contrario, la nación parece avanzar por una pendiente de deterioro continuo donde cada año trae nuevas privaciones y menos expectativas de cambio.

La historia suele ser implacable con los gobernantes que confunden propaganda con resultados. Al final, los pueblos no juzgan por discursos, consignas o entrevistas cuidadosamente elaboradas. Juzgan por la calidad de vida que tuvieron, por las oportunidades que encontraron y por el futuro que pudieron construir.

Y en ese juicio, el veredicto de millones de cubanos ya parece estar escrito.

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