
Raúl Torres se va loma abajo contra el Padre Alberto Reyes
Por Anette Espinosa
La Habana.- Los apagones en Cuba están provocando fenómenos extraordinarios. Hay gente cocinando con leña, otros durmiendo en los portales para escapar del calor y, por lo visto, Raúl Torres escribiendo cartas. Después de años componiendo canciones para cada acontecimiento político imaginable, el trovador ha descubierto una nueva vocación: la correspondencia internacional. Esta vez decidió dirigirse nada menos que al Papa León XIV para advertirle sobre el padre Alberto Reyes.
La carta es una obra de arte del dramatismo tropical. Desde las primeras líneas aparecen el salitre, el hambre, las lágrimas, los Evangelios y unas rodillas desgastadas de tanto rezar. Uno empieza a leer creyendo que está ante una encíclica perdida del siglo XIII y termina preguntándose si no será el borrador de una telenovela religiosa. Solo faltó que apareciera una paloma blanca atravesando el Malecón mientras sonaba un violín de fondo.
Lo curioso es que Torres presenta al padre Alberto Reyes como una especie de profeta de la destrucción, un hombre que supuestamente cambió el incienso por una antorcha. Sin embargo, miles de cubanos llevan años escuchando denuncias sobre apagones, hambre, represión y miseria sin que nadie desde el oficialismo parezca escandalizarse demasiado. Lo que parece molestar no es el fuego, sino que alguien tenga el valor de señalar dónde está el incendio.
La carta avanza entre citas bíblicas con una intensidad admirable. Santiago, Levítico, Mateo, Romanos, Ezequiel y San Pablo desfilan por sus páginas como si estuvieran participando en una Mesa Redonda celestial. A ese ritmo, uno esperaba que en cualquier momento aparecieran Moisés, Noé y los Reyes Magos firmando como testigos. Lo único que brilla por su ausencia es una referencia a la realidad cotidiana de los cubanos, esa que obliga a muchos a vivir entre apagones interminables, salarios miserables y escasez permanente.
Al final, el documento deja una sensación extraña. Mientras millones de personas esperan soluciones para problemas concretos, algunos parecen más preocupados por escribir cartas grandilocuentes contra sacerdotes dignos como Alberto.
Cuba se hunde en la oscuridad cada noche y Raúl Torres responde encendiendo una vela literaria. El problema es que las metáforas no producen electricidad, las citas bíblicas no llenan los refrigeradores y las cartas al Vaticano tampoco hacen regresar la corriente.
Carta de Raúl Torres al Papa
CARTA A SU SANTIDAD LEÓN XIV, OBISPO DE ROMA Y SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
Santidad:
Desde esta isla donde el salitre se mezcla con el rezo y el hambre aprende a esperar, le escribe un hijo del silencio y de la Escritura.
No tengo más título que el de haber llorado sobre los Evangelios y haber gastado las rodillas orando desde mi juventud, buscando por el mundo en cada religión, el rostro escondido de Dios.
Pero hoy me levanta una indignación que quema sin consumir: la de ver cómo, desde nuestra propia casa, se alza una voz que bendice la muerte y llama «justicia» al odio.
Hablo del sacerdote cubano Alberto Reyes Pías.
Un hombre que ha soltado el incienso para empuñar la tea. No le basta con irritar la herida: quiere enconarla. No anuncia el Reino: anuncia la venganza. Y al hacerlo olvida lo que Santiago escribió con temblor profético:
«La lengua es un fuego… y ella misma es inflamada por el infierno» (Santiago 3:6). Porque sus palabras no construyen puentes: cavan fosas donde yacerán los mismos a quienes dice defender.
Este pastor, que debería ungir de consuelo a su pueblo, lo unge de furia. Lo que brota de sus labios no es el «Buscad la paz y seguidla» del Salmo 34, sino una consigna que huele a azufre y a hermano muerto. Confunde el grito del oprimido con el aullido del lobo, y azuza al rebaño contra sí mismo, como si Cristo no hubiera muerto también por el adversario. Olvida el mandato de Levítico que el Señor hizo eterno: «No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18).
Santidad, no escribo desde el orgullo de quien se cree puro. Conozco bien la viga en mi ojo, y sé que el juicio pertenece a Dios. Pero callar ante el escándalo del que hiere a los pequeños sería complicidad. La denuncia profética, cuando nace del amor, es una forma extraña y urgente de la misericordia. Lo aprendí en Ezequiel: si el atalaya no avisa, la sangre del caído recaerá sobre su lengua muda.
Reyes Pías alienta a la muerte. Y ese verbo, «alentar la muerte», es la negación misma del Evangelio. Porque Cristo no dijo «bienaventurados los que incendian», sino «bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mateo 5:9). No mandó destruir al enemigo, sino vencer el mal con el bien (Romanos 12:21). Quien siembra odio en el corazón del desesperado no es sucesor de los Apóstoles: es eco de aquel que fue homicida desde el principio.
Le ruego, con el temor reverente del aprendiz de poeta, que apenas se atreve a levantar los ojos, que su cayado apostólico golpee esta roca de intolerancia para que brote, no más sangre de esas palabras, sino el agua clara de la concordia. Que desde la Cátedra de Pedro se recuerde que quien no ama, aunque hable lenguas de fuego y profetice, «nada es» (1 Corintios 13:2). Porque el amor es paciente, no busca lo suyo, no se irrita… y no aplaude la destrucción del hermano.
Reciba, Padre, el abrazo silencioso de millones de creyentes que solo quieren ser semillas de paz en nuestra tierra agrietada.
Hoy….
En Cristo, que llora cuando Caín despierta,
Un hijo humilde del Señor






