
El disparo que no salvó un imperio
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Rasputín no murió como un hombre cualquiera. Cuando cruzó el umbral del palacio de Félix Yusúpov, ya era mucho más que un campesino siberiano: era el espectro que recorría los pasillos del poder, el confidente de la zarina, el sanador del zarevich y el blanco de todas las miradas. Aquella noche de diciembre de 1916, Petrogrado ardía en rumores y la monarquía se tambaleaba mientras la guerra devoraba a Rusia.
La invitación era una farsa. Irina, la sobrina del zar, no estaba en la ciudad, y los conspiradores lo sabían. Yusúpov, el gran duque Dmitri Pávlovich y el ultranacionalista Purishkévich compartían un mismo diagnóstico: Rasputín era el cáncer que corroía la corona desde las sombras. Creyeron que un disparo bastaría para extirparlo.
Y dispararon. Varias veces. Pero el cuerpo de Rasputín no se rindió fácilmente, y la autopsia revelaría más tarde que el tiro final, a quemarropa en la frente, fue el único que terminó con aquella resistencia casi sobrenatural. Luego, el cadáver envuelto en una lona, el puente y el río Pequeño Nevka. Pero los disparos despertaron a un policía, y las mentiras de los nobles no pudieron ocultar la verdad.
La noticia del asesinato encendió Petrogrado. La aristocracia aplaudió, convencida de que los conspiradores habían salvado a la dinastía. Pero otros vieron con claridad: si unos nobles podían matar en la capital sin respeto al zar, ¿qué autoridad le quedaba al imperio? Nicolás II castigó a los asesinos con destierros que, irónicamente, los salvarían de la Revolución. La corona cavaba su propia tumba.
Tres meses después, el zar abdicó. Rasputín había muerto, pero el imperio se desangraba por otras heridas: el hambre, la guerra y la rabia de un pueblo que ya no creía en zares ni en santos. Los asesinos creyeron matar al demonio, pero sólo aceleraron el juicio de una Rusia que, para cuando el cuerpo del monje apareció bajo el hielo, ya era historia.






