
El bulo que Roma se inventó para no pagar el alquiler
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hay mentiras que duran lo que un suspiro, y otras que se instalan en el poder durante siglos como un inquilino que no paga alquiler. La Donación de Constantino fue lo segundo: el mayor timo de la historia occidental, un documento falso que los papas usaron durante la Edad Media para decir “esto es mío” cada vez que alguien les discutía un palmo de tierra.
Según el cuento, el emperador Constantino, curado de lepra por el Papa Silvestre, le regaló a la Iglesia media Roma, Italia y hasta las provincias occidentales. Y el papa, por supuesto, se quedó con todo, incluyendo corona, capa púrpura y el derecho a sentirse emperador sin tener que sudar la túnica.
El problema es que Constantino nunca firmó nada. El documento se cocinó dos siglos después de su muerte, en el siglo VIII, cuando los papas necesitaban un título de propiedad para espantar a los lombardos y ganarse a los reyes francos.
Era un papel tan falso como un billete de tres euros, pero funcionó: durante siglos, cada vez que un rey protestaba por unas tierras, el Vaticano sacaba la Donación de la manga y el rey se callaba. La anécdota más famosa cuenta que un embajador veneciano, harto de discutir por el Adriático, le soltó al Papa: “Santidad, nuestro título de soberanía está al dorso de su Donación”. Y el Papa, sin palabras, tuvo que tragarse el insulto.
Se desmontó el tratado y el Vaticano se achicó
La farsa aguantó hasta el siglo XV, cuando el humanismo y la filología empezaron a afilar los cuchillos. El cardenal Nicolás de Cusa fue el primero en meter el bisturí, pero el golpe de gracia lo dio Lorenzo Valla en 1440.
Su tratado De falso credita et ementita Constantini donatione fue una disección implacable: demostró que el documento usaba palabras y expresiones que no existían en el siglo IV, sino en el VIII, cuando supuestamente se redactó. Valla no solo desmontó el bulo, lo convirtió en un manual de cómo no hacer una falsificación histórica.
El documento siguió circulando, pero ya nadie se lo tragaba. La unificación italiana de 1870 y los Pactos de Letrán le dieron la puntilla, reduciendo el poder temporal del papado a lo que es hoy: un Estado del tamaño de un barrio de Madrid. Pero la Donación de Constantino sigue siendo la prueba de que, con un buen cuento y una gramática bien ajustada, se puede engañar a medio mundo durante mil años. Y también de que, al final, la verdad siempre encuentra a un filólogo con ganas de fastidiar.






