Apodos históricos de reyes (y reinas) con muy mala leche

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Olvidaos de los «Sabios» y los «Grandes»; la historia real se escribió con motes que eran auténticos dardos envenenados. Aquí os dejo algunas joyas del escarnio histórico:

  1. Juan I de Inglaterra, «Espada Blanda» (Softsword): No solo le llamaron «Sin Tierra». Sus barones le pusieron este mote no por su alcoba, sino por su alergia a las batallas campales. En un siglo XII donde el rey debía ser un tanque, que te llamen «Espada Blanda» es decirte que eres un cobarde de manual que prefiere pagar para no pelear.
  2. Enrique IV de Castilla, «El Impotente»: El mayor éxito de la propaganda política española. La nobleza rebelde se inventó que el rey no podía «cumplir», lanzando el bulo de que su hija, Juana, era en realidad de Beltrán de la Cueva. Una campaña de fake news medieval que cambió el destino de España.
  3. Ivailo de Bulgaria, «El Rábano» (Bardokva): Imagina que un porquero lidera una revuelta campesina y llega a ser zar. La aristocracia bizantina, incapaz de digerir que un tipo que olía a pocilga les venciera, le llamó «Rábano» (o «Lechuga»). Para ellos, un vegetal del huerto nunca sería un soberano de sangre azul.
  4. Constantino V, «Coprónimo»: Literalmente, «el del nombre de estiércol». Sus enemigos, los defensores de las imágenes sagradas, se inventaron que de bebé se había defecado en la pila bautismal. Fue la forma de los monjes de decir que toda su política religiosa no valía más que lo que él dejó en la fuente.
  5. Carlos II de España, «El Hechizado»: El pobre Carlos no estaba embrujado, era el resultado de un árbol genealógico que parecía una escalera. Pero en el siglo XVII, era más fácil culpar a los demonios y a los exorcismos que admitir que el sistema de bodas entre los Austrias era un desastre genético total.
  6. Pipino el Breve: Vale, suena a chiste, pero en una época donde la estatura se medía por la capacidad de intimidar, que te llamen «el corto» es empezar la partida con desventaja. Eso sí, el tipo compensó sus pocos centímetros fundando una dinastía que dio a luz a Carlomagno. No era el tamaño, era el imperio.
  7. Guillermo I de Inglaterra, «El Bastardo»: Su origen extramatrimonial era el insulto favorito de sus rivales. En el asedio de Alençon, los locales colgaron pieles de animales en las murallas para recordarle que su abuelo era un curtidor humilde. Guillermo respondió conquistando Inglaterra y demostrando que un bastardo puede ser más rey que cualquier legítimo.
  8. Justiniano II, «Rinotmetos»: Tras un golpe de Estado, le cortaron la nariz para incapacitarlo (la ley decía que un emperador debía ser físicamente perfecto). Pero Justiniano era un psicópata con recursos: se puso una prótesis de oro, regresó al poder y mandó ejecutar a sus enemigos mientras él mismo les pisaba el cuello en el Hipódromo.
  9. Boleslao V de Polonia, «El Casto»: Lo que hoy parece un piropo monacal, en el siglo XIII era una burla sobre su falta de descendencia y su «poca autoridad» marital. El pueblo no veía un santo, veía a un rey que, por influencia de su mujer, dejó al reino huérfano de herederos por un voto de pureza que nadie pidió.
  10. Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II: «Cabeza de Estopa» vs. «El Fratricida»
    Esta pareja de gemelos gobernó junta, pero el pueblo no los medía por el mismo rasero. A Ramón Berenguer II le llamaron «Cabeza de Estopa» (Cap d’Estopes) por su mata de pelo rubio platino, casi blanco, que le daba un aire de héroe de leyenda. Era el guapo, el carismático, el favorito. En cambio, cuando apareció muerto en un espeso bosque de camino a Gerona, las miradas se clavaron en su hermano. A Berenguer Ramón II le encasquetaron el mote de «El Fratricida». No importó que no hubiera juicio oficial: el mote fue su sentencia de muerte política. Uno pasó a la historia por su pelazo y el otro por, presuntamente, liquidar a su copia exacta por envidia. Un culebrón catalán de manual.
  11. 1. Eduardo II de Inglaterra, «El Rey Gay»: En el siglo XIV, la corte no tenía los filtros de hoy. Eduardo II no solo fue un desastre militar (perdió contra los escoceses de mala manera), sino que su obsesión con sus «favoritos» (primero Piers Gaveston y luego Hugh Despenser) era escándalo público. El pueblo, que no era muy sutil, le puso este mote para mofarse de que prefería las caricias de sus amigos a las de su reina, Isabel de Francia. Spoiler: la reina se vengó con un atizador al rojo vivo. Ahí lo dejo.
  12. María I de Inglaterra, «Bloody Mary» (La Sanguinaria): Si hoy pides un Bloody Mary en un bar, le estás haciendo los coros a la propaganda protestante del siglo XVI. A María la historia la condenó a ser una villana de película de terror por mandar a la hoguera a 300 infieles en su intento de recatolicizar Inglaterra. Sin embargo, lo que la mala leche de sus cronistas omite es que su hermana, la «angelical» Isabel I, ejecutó a muchísimos más católicos. La diferencia es que Isabel ganó la guerra del marketing y María se quedó con el mote de psicópata y una receta de cóctel a base de zumo de tomate. Una injusticia histórica que se sirve muy fría.
  13. Urraca I de León y Castilla, «La Temeraria»: Ser la primera mujer en gobernar por derecho propio en la Europa medieval te garantizaba, como mínimo, que los monjes cronistas te pusieran verde. La llamaron «Temeraria» no por su valentía en el campo de batalla, que la tenía., sino como un eufemismo de «loca peligrosa». El mote buscaba deslegitimarla: no era una estratega, era una mujer «sin juicio». Hoy sabemos que de temeraria no tenía un pelo; fue una superviviente nata en un nido de víboras.
  14. Isabel II de España, «La de los Tristes Destinos»: Aunque en los libros de texto luce este mote tan melancólico y romántico, en la calle la mala leche era mucho más cruda. Casada por obligación con su primo Francisco de Asís (un tipo del que se decía que «usaba más encajes que ella»), la reina buscó el afecto fuera del lecho conyugal con un entusiasmo que escandalizó a la Europa puritana. Mientras la prensa oficial hablaba de sus «tristes destinos» políticos y sus exilios, el pueblo la llamaba «la ninfómana» o «la reina castiza». Fue la víctima perfecta de una época que perdonaba los bastardos a los reyes, pero que no soportaba que una reina tuviera la misma libertad de alcoba que sus antepasados varones.

¿Cuál os parece el más cruel?

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