
Marco Rubio tiene razón
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Marco Rubio lleva años diciéndolo, y aunque duela escucharlo, el secretario de Estado de Estados Unidos no se equivoca cuando afirma que Cuba es un estado fallido. Pero ojo, que no me refiero a esa etiqueta fácil que usan los políticos para golpear en el debate. No. Lo que Rubio ha clavado como un puñal en la mesa es otra cosa: el gobierno cubano actual, ese que aún se cree heredero de una revolución que ya caducó, no va a resolver los problemas del país. Y punto. Porque no es que no quieran —aunque también—, es que no pueden. O peor: ya no saben ni intentarlo. Y eso, queridos míos, es lo que duele de verdad.
¿Y por qué no van a resolverlos? Porque lo han intentado. Una y otra vez. A su manera, claro, que es la única que conocen: la de los sueños oníricos de Fidel Castro, ese hombre que creyó que la economía se construía con discursos de seis horas y plantíos de cítricos en tierra infértil. Cada ocurrencia del Comandante fue un ladrillo más en el muro del desastre: el café, el azúcar, la flota pesquera, las vías férreas, las carreteras, las empresas de materiales de la construcción, la industria toda, la banca… Todo lo que tocaba se convertía en ruinas. No era maldad, dirán algunos, era soberbia ideológica. Pero el resultado es el mismo: un país desmantelado por la idiotez planificada.
Luego llegaron los herederos: Raúl y Díaz-Canel. No para reconstruir, sino para terminar la obra comenzada por el gran dictador. Y vaya que lo han logrado: Cuba es hoy el país más pobre del hemisferio, con apagones que parecen crónicos y una diáspora que no para de crecer. Pero la estocada final, la que ya no tiene perdón, la firmó Díaz-Canel. Porque este señor no sabe cómo revertir la situación, pero no porque sea tonto —que tal vez no lo es—, sino porque cambiar implicaría reconocer que todo lo anterior fue un error. Y eso, en la lógica del poder cubano, es la única herejía imperdonable. Así que no cambia nada, o lo hace a cuentagotas, justo cuando ya nadie les cree ni una sola palabra.
La crisis acrecentada
Encima, equivocaron el tiro. Le dieron el poder económico total a GAESA, esa suerte de monstruo militar-empresarial que decidió que era mejor hacer hoteles en lugar de termoeléctricas. Porque un hotel deja ganancias rápidas, y una termoeléctrica resuelve la vida de la gente. ¿Y adivinen qué eligieron? Exacto: enriquecer a la cúpula y sentenciar al pueblo a la pobreza más absoluta. Hoy los apagones no son un accidente, son un modelo de negocio. Y mientras la gente se muere de calor en la oscuridad, los generales cuentan divisas en sus mansiones.
Para colmo, hace un par de años, cuando ya no tenían papel moneda ni con qué tapar la inflación desbocada, se inventaron lo de la digitalización. Ahora el problema no es del Estado, es del pueblo: usted saque su salario de un banco, si puede. Porque claro, en un país donde nadie confía en las transferencias, donde la gente prefiere guardar los pesos debajo del colchón antes que verlos desaparecer en una app, la solución tecnocrática se convirtió en un calvario diario. Así que sí, Marco Rubio tiene razón cuando dice que los que están en el gobierno no van a resolver los problemas de Cuba. Tiene toda la razón.
Pero que nadie se confunda: este texto no es una elegía ni un himno al derrotismo. Porque hay esperanza, y esa esperanza se llama cambio. Y sí, aunque duela decirlo en La Habana, Marco Rubio puede ser el abanderado de ese cambio. No porque sea perfecto, ni porque venga a salvarnos con recetas mágicas, sino porque es la voz que ha tenido el valor de llamar a las cosas por su nombre en el único lugar donde todavía resuena con fuerza: en Washington. Y si algún día Cuba despierta, si algún día los cubanos decidimos que ya basta de apagones, de colas, de mentiras y de generales hoteleros, será porque alguien como Rubio nos ayudó a encender la mecha. La esperanza no está en el gobierno, está en la calle. Y Marco Rubio, aunque no le guste a muchos, tiene razón.






