La tarde que se llevaron el verano

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El 26 de enero de 1966, Australia amaneció con el sol alto y el mar tranquilo. En Somerton Park, tres hermanos —Jane, de 9 años; Arnna, de 7; y Grant, de 4— se subieron a un autobús hacia la playa de Glenelg. Llevaban bañadores, toallas y la confianza de una época donde los niños podían perderse de vista sin que el mundo se derrumbara. Sus padres, Nancy y Jim, les dieron seis chelines y seis peniques para comprar algo de comer. Los vieron salir por la puerta y no volvieron a verlos nunca.

A la hora de comer, los niños no estaban. A la merienda, tampoco. Cuando el sol empezó a caer, el miedo recorrió Adelaida. Alguien recordó haberlos visto cerca del agua, junto a un hombre alto, bronceado, de rostro delgado y cabello rubio corto. Los niños parecían tranquilos, como si lo conocieran. Pero nadie supo decir quién era. Solo que los había mirado con una calma que, vista desde ahora, resulta mucho más inquietante que cualquier grito.

En la panadería de Glenelg, Jane compró pasteles y una empanada de carne. Pagó con un billete de una libra. Pero sus padres solo les habían dado monedas. ¿De dónde había salido ese dinero? La pregunta se convirtió en un anzuelo que nadie pudo soltar. La policía registró playas, desagües, carreteras y estaciones. Fue la búsqueda más grande jamás realizada en Australia del Sur. Y no encontraron ni una prenda, ni una huella, ni un solo rastro de los niños.

El silencio y la recompensa

Llegaron las pistas falsas, como siempre llegan cuando el dolor necesita agarrarse a algo. Un vidente señaló un lugar y la tierra no devolvió nada. Cartas que prometían devolverlos a casa resultaron ser una broma cruel. La teoría de Harry Phipps, el empresario cuyo hijo dijo haberlos visto en una propiedad familiar, mantuvo viva la esperanza durante años.

Cavaron agujeros, removieron toneladas de tierra. En febrero de 2025, en el terreno de la fábrica Castalloy, volvieron a excavar durante siete días. Siete días que no devolvieron a Jane, Arnna y Grant.

Nancy murió en 2019, Jim en 2023. Ambos se fueron sin saber qué pasó aquella tarde. La recompensa de un millón de dólares sigue ahí, esperando una respuesta que nunca llega. Pero lo que desapareció aquel 26 de enero no fueron solo tres niños. Fue la certeza de que las calles eran seguras, de que la playa era un lugar para la infancia, de que el verano no podía tragarse a nadie. Australia aprendió a mirar de otra manera. Y los que crecimos con esta historia sabemos que, a veces, el mar no devuelve lo que se lleva. Solo guarda el silencio, como un secreto que jamás contará.

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