La marca cerca del corazón

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- La espada le atravesaba el torso de lado a lado. Mirin Dajo permanecía de pie. No gritaba. La sangre apenas asomaba. El público miraba el metal que entraba limpio y salía limpio, como si el cuerpo que perforaba no fuera del todo humano.

Su verdadero nombre era Arnold Gerrit Henskes. Había nacido en Róterdam en 1912 y durante los años cuarenta se convirtió en el artista más desconcertante de Europa. Sobre el escenario, un asistente le introducía varillas por el pecho y el abdomen hasta hacerlas asomar por la espalda. A veces caminaba así, con el hierro dentro, mientras él insistía en que una fuerza espiritual lo volvía invulnerable.

Los médicos decidieron comprobarlo. En 1947 lo radiografiaron en Suiza. Las placas mostraron el metal brillando entre las costillas, atravesando tejidos blandos. No había hojas retráctiles ni truco de feria. La explicación estaba en la forma: instrumentos delgados, pulidos, redondos, rematados en una punta finísima. Se introducían con una lentitud capaz de desplazar las fibras sin desgarrarlas. La trayectoria esquivaba los grandes vasos. Al retirar la varilla, la elasticidad de la carne cerraba el canal. El dolor existía, pero quedaba domado por una tolerancia fuera de lo común, por la concentración y la autosugestión.

La autopsia contó lo que los aplausos no oyeron. Los médicos encontraron cicatrices internas en el hígado, los riñones, el diafragma, el bazo. Cerca del corazón quedaba una marca. Cada presentación era un riesgo verdadero: bastaba desviarse un milímetro para que una arteria se abriera y el escenario se inundara de sangre. Dajo sobrevivió mientras el acero obedeció a la anatomía.

La confianza terminó llevándolo demasiado lejos. En mayo de 1948 tragó un objeto metálico largo, convencido de que también podía hacerlo desaparecer dentro de sí. Los médicos tuvieron que extraérselo. Murió días después por complicaciones internas, a los treinta y cinco años. Mirin Dajo no tenía un cuerpo indestructible. Lo que parecía sobrenatural era una suma extrema de precisión, dominio del dolor y una disposición al riesgo que, al final, lo atravesó.

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