
Semáforo para salvajes
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Si quieres entender el punto exacto donde el fútbol dejó de ser deporte y se convirtió en guerra callejera, pon la fecha en rojo: 2 de junio de 1962. Santiago de Chile. Estadio Nacional. Italia contra Chile. No fue un partido. Fue una reyerta a cielo abierto con balón de testigo. Y de paso, el día que el fútbol tocó fondo para, años después, inventar las tarjetas.
Todo empezó unos días antes. Dos periodistas italianos, aburridos de escribir de táctica, decidieron retratar Chile como un basurero lleno de pobreza y prostitución. Dijeron que el país no merecía ni organizar un torneo de petanca. El problema es que la prensa escrita, en aquel entonces, se leía. Y el orgullo chileno ardía. Los italianos, para calmar el ambiente, entraron al campo repartiendo claveles entre el público. La respuesta fue inmediata: los claveles volaron de vuelta a sus cabezas.

El árbitro era Ken Aston, un inglés veterano de la Segunda Guerra Mundial. Debía pensar que pitos y nazis son parecidos. Se equivocó. A los doce segundos, primera falta. A los ocho minutos, el italiano Ferrini cometió una salvajada. Aston le ordenó salir. Ferrini se negó. No hablaba inglés. O se hacía el loco. Tuvieron que entrar carabineros con rifles para sacarlo. Pero lo gordo llegó después: Leonel Sánchez, chileno, hijo de boxeador, recibió una entrada criminal, se levantó y le plantó un gancho de izquierda a la mandíbula del italiano Mario David que habría firmado el propio Ali. Aston no lo vio. Minutos después, David, con sed de venganza, saltó y le dio una patada voladora en la cabeza a Sánchez. Esta vez sí lo vio. Expulsión. El partido terminó 2-0 para Chile, con tres intervenciones antidisturbios y más narices rotas que goles.
Ken Aston salió vivo pero temblando. Cuatro años después, en el Mundial de 1966, le tocó otro escándalo: el argentino Rattín se negó a salir alegando que no entendía el inglés. Esa misma tarde, Aston volvía a casa en coche por Londres. Se detuvo en un semáforo. Y entonces, frente al rojo y el amarillo, tuvo la revelación: los colores no necesitan traducción. Amarillo, atención. Rojo, fuera. Así de simple. Una epifanía en medio del tráfico londinense.
En México 1970 se estrenaron oficialmente. Hoy, cualquier niño sabe que la amarilla es un aviso y la roja, un pasaporte a la ducha. Pero nadie recuerda que nacieron de una patada voladora, de un gancho de boxeo, de un árbitro traumatizado y de dos periodistas que escribieron basura. La civilización, a veces, arranca en el barro. Y el fútbol, para ser justos, solo necesitó un semáforo para domar a sus bestias.






