
El espía que nunca sabías si era él o ella
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El Chevalier d’Éon fue diplomático, soldado, espía, maestro de esgrima… y, durante años, la principal atracción de las casas de apuestas londinenses. Mientras los ingleses, que siempre han tenido una fijación peculiar con las normas, se dejaban fortunas tratando de averiguar si bajo aquellos ropajes se escondía un hombre o una mujer, él ya les había tomado el pelo con una elegancia que solo un francés puede permitirse. Lo mejor del asunto es que, mientras ellos discutían su anatomía, nadie parecía darse cuenta de que aquel personaje conocía los secretos mejor guardados de Europa.
Nació en 1728 con un nombre que parece el censo de un pueblo entero: Charles Geneviève Louis Auguste André Timothée d’Éon. Con semejante cartel, ya iba avisando. Luis XV, que desconfiaba de sus ministros como de un lobo en un gallinero, creó una red de espías que solo respondía ante él, el famoso Secret du Roi. Y entre sus mejores hombres estaba este joven brillante, culto y con una facilidad pasmosa para camuflarse.
Su misión más célebre lo llevó a la corte de la emperatriz Isabel de Rusia. Cuenta la leyenda que se infiltró vestido de mujer entre las damas de palacio, aunque los historiadores, que siempre llegan tarde y con malas noticias, aseguran que igual eso se fue adornando con el tiempo. Pero lo que nadie discute es que la misión fue un éxito y que d’Éon se ganó a pulso su fama de espía legendario.
La identidad como camuflaje
Llegó a Londres como diplomático y allí empezó el circo. Discutió con sus superiores, amenazó con airear documentos secretos del gobierno francés y se convirtió en el personaje más famoso y escurridizo de la capital británica. Su aspecto andrógino y su costumbre de alternar el traje de caballero con el vestido de dama encendieron la mecha. Las casas de apuestas, que en Inglaterra no pierden oportunidad de negocio, empezaron a aceptar dinero sobre una única cuestión: ¿era d’Éon hombre o mujer? Mientras los apostadores se dejaban pequeñas fortunas intentando resolver el enigma, los servicios de inteligencia británicos investigaban cualquier cosa menos lo que debían. Si aquel tipo conocía los secretos de la corona francesa y estaba libre por Londres, quizá habría que preguntarle otras cosas, pero no, ellos estaban demasiado ocupados con su entrepierna.
En 1777 el gobierno francés, harto del escándalo, resolvió el problema de la manera más práctica posible: ordenó a d’Éon que viviera como mujer y se vistiera exclusivamente con ropa femenina. Y él, que era un artista, obedeció con una elegancia y una convicción que mantuvo durante más de treinta años. Aparecía en sociedad con vestidos, corsés y pelucas, convertido en la figura más extravagante y comentada de Europa. El misterio solo se despejó con su muerte, en 1810. La autopsia confirmó que anatómicamente era un hombre, aunque algunos testigos aseguraron que también presentaba ciertos rasgos poco habituales. Después de décadas de rumores, apuestas y especulaciones, bastó un bisturí para resolver lo que había entretenido a todo un continente.
Hoy el Chevalier d’Éon sigue siendo una figura fascinante porque en su historia cabe todo: espionaje, política, disfraces, escándalo y un protagonista que convirtió su propia identidad en el mejor camuflaje posible. Al fin y al cabo, si consigues que todo el mundo esté pendiente de la pregunta equivocada, probablemente ya hayas ganado la partida. Y d’Éon no solo ganó la partida; se la llevó por delante con una sonrisa, una estocada de esgrima y un vestido de seda. Como él mismo debió pensar mientras veía a los ingleses apostar su dinero: «Que discutan, que yo mientras tanto sigo siendo el que ellos no se atreven a nombrar».






