
El virrey del tricornio
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La historia nos vendió exploradores románticos. La colonización, en cambio, fue un Tarantino con mosquitos. En la Guinea Española de los años cuarenta, el protagonista no llevaba salacot ni sombrero de ala ancha: llevaba tricornio. Se llamaba Julián Ayala y entendió pronto que un trozo de selva suficientemente lejos de Madrid te convertía en señor feudal sin que nadie tosiera.
Llegó al distrito de Evinayong como oficial de la Guardia Colonial y tardó cinco minutos en descubrir que la ley era elástica. Así que aplicó la suya propia. Gobernaba con acento castizo: si un jefe local le caía mal, lo borraba del mapa; si alguien levantaba la voz, el castigo era inmediato y físico. Sin sutilezas diplomáticas.
Misioneros, inspectores de trabajo, guineanos: todos se quejaban al gobernador. Pero en Evinayong no había huelgas. El café y el cacao salían a reventar. Las tribus, extrañamente pacíficas. En el manual del buen colonizador eso puntúa doble, así que Madrid miraba hacia otro lado mientras Ayala cobraba impuestos y se montaba su cortijo en mitad de África.
Los nativos le atribuían inmunidad a la brujería y espías en cada hoja de palmera. No cayó por rebelión ni por juicio: cayó porque los tiempos cambiaron. Franco quiso vender una descolonización paternal y moderna, y un tipo con métodos del siglo XVI desentonaba en la foto. Regresó a España dejando un reguero de terror y caciquismo.
Años después, un tal Francisco Macías aplicaría lo aprendido mirando a personajes como Ayala. El historiador Gustau Nerín rescató la historia en Un guardia civil en la selva: aislamiento tropical, poder absoluto y un uniforme. La mezcla exacta para un wéstern de pesadilla.






