
La deuda infinita
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Durante décadas, la selva escupió caucho hacia Europa. Pero cada tonelada embarcada llevaba adherido algo más denso que la goma: pueblos enteros, doblados bajo la fuerza. Lo que el mundo llamó progreso, el Putumayo lo tradujo en huesos.
Julio César Arana le puso a esa maquinaria el nombre de una compañía londinense. Sobre el papel, la Peruvian Amazon Company recogía látex; en el barro, administraba el terror. Uitotos, boras, ocainas, andoques, muinanes, nonuyas y resígaros fueron encadenados a una deuda sin fin. Una camisa, un machete, un puñado de alimentos alcanzaban para que familias completas no pudieran volver a casa nunca más.
Las cuotas no se discutían. Quien no sangraba resina era castigado con hambre, aislamiento o muerte. La propia empresa armó a unos indígenas contra otros, partiendo rutas antiguas, matrimonios y trueques. La selva, que antes tejía, aprendió a dividir.
El horror alcanzó a Roger Casement en 1912. Su informe contó treinta mil vidas apagadas a golpes, inanición y enfermedades. Londres liquidó la Peruvian Amazon Company, pero Arana siguió caminando por la política peruana como si el caucho nunca hubiera chorreado sangre. La justicia se archivó antes de nacer.
En La Chorrera aún está en pie la antigua Casa Arana. Donde se amontonaba el látex se aloja ahora la memoria de los que sobrevivieron. El mundo industrial rodó sobre neumáticos, cables y máquinas que jamás supieron el precio: bajo el progreso, miles de vidas indígenas fueron tratadas como una mercancía más de la selva.






