
El muñeco que no lo era
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Durante décadas, miles de personas pasaron frente a él y se rieron. Le sacaron fotos, le hicieron muecas, quizás algún niño le tiró de la manga. Creían que era un simple muñeco de feria, de esos de carcasa barata y pintura que se pela. Pero no. Lo que colgaba de aquel techo era la cruda, irónica y momificada realidad de un hombre que llevaba 65 años sin que nadie se tomara la molestia de ponerle tierra encima.
El destino quiso que un brazo se desprendiera en pleno rodaje de una serie de ciencia ficción. Y entonces, aquel chiste macabro se convirtió en el titular de la prensa. La policía se llevó el muñeco y el forense, con su bisturí y su ciencia, descubrió la verdad que llevaba medio siglo oculta: no era cera, no era plástico. Era un hombre al que le habían pegado un tiro y luego lo bañaron en arsénico para que no se pudriera. Como si quisieran conservarlo para la posteridad, pero sin pergamino ni gloria.
El tal Elmer McCurdy fue, en vida, un delincuente de quinta. Un ladrón que asaltó el tren equivocado, que huyó con 46 dólares y un par de botellas, y que murió como un perro en un corral, rodeado de agentes. Fue tan torpe que ni siquiera en la muerte le dejaron en paz. Nadie lo reclamó, nadie pagó por él, y el funerario, con esa lógica de feria, decidió que su epitafio se escribiría en monedas de cinco centavos metidas por su propia boca.
Lo exhibieron como al «bandido que nunca se rindió», pero en realidad, él nunca dejó de ser un trofeo. Pasó por ferias, por museos del crimen, por cines cutres y por casas del terror. Lo pintaron, lo vistieron, lo disfrazaron y, con el tiempo, ni siquiera sus dueños sabían que tenían un cadáver de verdad. La realidad es más absurda que la ficción, y Elmer, sin saberlo, se convirtió en el actor mudo de la película más larga y sórdida del mundo.
Hasta que, al fin, en un cementerio de Oklahoma, le dieron el descanso que nunca tuvo. Le pusieron treinta centímetros de hormigón para que ya nadie lo convirtiera en número de feria. Elmer McCurdy vivió 31 años, pero su espectáculo duró 65. Y el público, como siempre, aplaudió sin saber que estaba aplaudiendo a un muerto. Así es la vida, y así, también, la muerte en este país de la Coca-Cola y las atracciones de feria.






