SI PUEDEN, NO LO LEAN…

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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Buenas tardes, familia. Hoy me levanté con la sensación de que no tengo nada que decir. Siento ahora mismo el impulso de buscar una cueva y pintarle un bisonte en la pared. Un bisonte, una hoguera y 176 seres diminutos y flacos danzando al compás de «ella tiene un tin». Pero no. No voy a dibujar nada.

Aunque sé que el algoritmo desprecia textos largos, lo que haré es compartirles el capítulo 10 de Dinero, un texto inmetible e impublicable que estoy terminando a pesar de los apagones. ¿Es una venganza? No lo sé. Ustedes dirán. Abrazo para todos.

DINERO -10-

No fui a cobrarle el dinero al gordo porque una muchacha con cara de portada de revista logró ablandarme el corazón. Tampoco fue algo que decidí después de un proceso de análisis profundo. Ya lo dije: en lo único que he invertido tiempo suficiente a lo largo de mi vida es en mirar al techo con las manos tras la nuca y pensar en cuánta combinación económica existe para ver si en la práctica es posible llegar vivo a fin de mes. Ninguna ecuación funciona, pero tampoco uno acaba de morirse.

Me duele el alma cuando escucho a un imbécil que, para anunciar desastres, comienza el discurso asegurando que todo cuanto dice está avalado por «un exhaustivo análisis». Hipocresía pura. Nadie gasta tres segundos de su tiempo en analizar las causas que tienen a la mayoría de la gente a las puertas del infierno. Lo que esconde ese «exhaustivo análisis» es la promesa indiscutible, y silenciosa, de que nos irá peor. Lo sé por experiencia. Básicamente lo que ocurre es que alguien, allá lejos —y bien arriba— toma las decisiones que mejor le convienen, escudado en la recurrente falsedad de un futuro luminoso para todos. Lo único que debemos tener claro —cualquiera lo sabe— es cuándo es conveniente decir «sí» y cuándo es conveniente decir «no». Esa es la manera más antigua y segura de mantener a flote la poca capacidad de elección que nos queda.

Si Yohana no me hubiera mostrado las fotos de su teléfono celular, tal vez hoy recordaría el color de sus pezones, pero la cara festiva del tipo con su vaso de whisky, sus ojos chinos de alcohol, la actitud satisfecha de los que obligan a decir no, o sí, al personal que tienen bajo la bota —y a los que les hacen creer que llegaron a una conclusión por sus propios esfuerzos— me recordaron al gordo con cara de nutria que, «después de un exhaustivo análisis», forzó mi salida del periódico. Los dos parecían fabricados en la misma empresa y con el mismo molde: seres humanos diseñados para ejecutar «órdenes de arriba» y a los que les otorgan por decreto medio cerebro y ningún corazón.

Suponiendo que el gordo hubiera pasado un curso de kung-fu y terminara matándome, yo saldría ganando. Por muchas influencias y relaciones que tuviera, le sería imposible evitar que los médicos forenses, policías y otras fuerzas del orden armaran un show frente a su casa. Si yo lograba, finalmente, cobrarle el dinero que le negó a Yohana después de mearle las tetas, saldría ganando igual. La muchacha recuperaría su dinero y yo, por lo menos una vez en la vida, quedaría como un héroe ante los ojos de alguien.

En las películas los buenos ganan al final, pero todos sabemos que es un truco de cine. Casi siempre el bueno es un tipo alto, fuerte y bien parecido que hasta la camisa sucia luce bien sobre sus músculos. Y qué decir de la muchacha que termina besándolo en la última escena. Un angelito que posee la virtud de conservar el peinado, el rímel y el carmín después de escapar de un avión en llamas. La vida fuera de cámara es diferente. Los buenos están condenados al fracaso desde que comienza el filme. Pero en esta escena el gordo y yo estaríamos parejos. Él era de los malos y yo no era de los buenos.

Tuve que mentirle a la dueña del hostal para que me abriera la puerta. A las dos y media de la mañana todavía estaba sentada a la pequeña mesa de la cocina trasteando el móvil más grande que he visto en mi vida. Le expliqué que necesitaba salir porque había olvidado el portafolios en el bar de la calle 35 y Primera Avenida.

—Apareció un virus en China —me dijo quitando los ojos del teléfono—. La gente se está muriendo a montones. ¿Y la muchacha?

—Está dormida. Si es necesario puedo dejarle el dinero.

—Los jóvenes no tienen control —dijo poniéndose de pie—. No me dejes nada. A las personas buenas se les conoce por la pinta.

Es increíble la capacidad que tiene alguna gente para identificar tipos buenos. Tal parece que poseen en los ojos un chip para detectar hijos de puta. Lo peor es que lo dicen con tanta seguridad que cualquier ingenuo de patas flojas y mente de ratón termina creyendo que sí, que es un ser confiable. Yo no. Sé perfectamente que, si me lo propongo, puedo engañar a los demás, pero nunca cometería el crimen de engañarme a mí mismo. Pocas veces he sido bueno. Y no lo lamento. Cuando he tratado de mover el plato de la balanza hacia el lado correcto, he tropezado con realidades más dolorosas que un carbunco entre las piernas.

La carta que le envié a Sandra, por ejemplo, fue la demostración categórica de que uno no puede permitirse ciertas flaquezas del alma. Me iba bien haciendo el mal, o sea, escribiéndole a un grupo de hembras trituradas que el perdón era una condición divina, que lo primero es la familia y que la violencia es un cáncer que logra domesticarse si son suficientemente fuertes como para soportar dos suturas en un ojo, una patada en el estómago o una violación doméstica de la que siempre, pero siempre, culparán a una botella de ron. Si la muerte no lograba destrozarlas, en algún momento, y por cualquier esquina, tendría que aparecer el amor. No hay que esforzarse demasiado para escribir idioteces como esas. Cualquiera sabe que durante siglos nos han envenenado las vísceras con cuentos de hadas y doctrinas inútiles. Tengo por testigo los finales de los libros más vendidos del planeta. Allí, entre sus páginas, es donde únicamente existen esos mundos maravillosos donde el amor todo lo puede.

Había ganado más de mil dólares lloriqueando perdones en nombre de unos presidiarios que jamás lograrían redimirse, tipos que cumplían larguísimas condenas por mantener la moral que exigen los ambientes de suburbio. En realidad, a ninguno le importaban sus mujeres. Querían complicarles los sentimientos para poder echar un palo cuando les tocara pabellón y para que ellas, mes por mes, les llevaran un saco de comida con veinte cajas de cigarros. Esa vida, que parece una mierda, es la vida de miles de personas a las que nadie les hizo el favor de leerles un cuento de Quiroga cuando tenían siete años. Por eso asumen que no hay existencia posible más allá de los celos, del alcohol o del machete. Viven una marginalidad naturalizada por dos o tres chupatintas mediocres que confundieron el salvajismo con tradición y la pobreza con dignidad. A veces un tío, una abuela o la vecina logran salvarte de esa vida lastimera, pero estadísticamente hay más gente salvada por los libros que por las brigadas de rescate.

Eso traté de hacer con Sandra: rescatarla de las garras del Chino, un abusador que había mandado a dos tipos al cementerio por cuestiones tan ridículas como una cola de cerveza a granel en Guanabacoa, y por la mirada indiscreta que un estudiante de veinte años sostuvo poco más de tres segundos sobre el culo de su mujer en una playa del litoral habanero. Matar a un par de infelices dispara el rating de respeto y aceptación en el mundo subterráneo, pero es obligatorio pagar los siete minutos de «hombría» con ocho años a la sombra en una galera del Combinado del Este.

Confieso que la foto de Sandra terminó por confundirme. Su rostro no tenía la apariencia de naufragio de otras mujeres a las que escribí párrafos cargados de promesas, arrepentimientos y amores incondicionales. Sus ojos —como los ojos de las vacas— poseían esa órbita perfecta de los cristales convexos que reflejan cualquier espacio externo, pero que nos impiden descubrir con inmediatez si tienen tierra habitada detrás de las pupilas.

A las demás fue fácil notarles el miedo, la costura gris que la tristeza deja debajo de los párpados y el invierno perenne que borra la sonrisa de los labios. Es en los labios, no en los ojos, donde puede leerse el deseo manifiesto de una mujer que pide a gritos ser tragada por la tierra. Pero cualquiera se equivoca. En la mirada de Sandra, que observaba directamente a la cámara que le tomó la foto, no vi otra cosa que el reflejo del lente y, quizás por eso, pasé por alto el idioma de sus labios. Demasiado tarde descubrí en ellos la indiferencia total de las hembras que renuncian a salvarse.

Para entonces le había contado que la carta que iban a entregarle en unos días estaba escrita por mí, no por el marido. Me esmeré como un idiota en hacerle ver su condición de esclava, en ponerla al tanto de que no puede existir amor en un tipo que mata y golpea a la mujer que le lleva comida al purgatorio, que la obliga a tener sexo con el hijo de cualquiera para cubrir sus deudas en los dados. En el sobre que deslicé bajo su puerta, puse una copia de la carta que le entregué a Máximo. Para colmo, fui tan ruin que acepté el dinero del encargo. A veces, el asesino no es el único culpable.

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