El daño impensable de los cómplices

Comparte esta noticia

Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- En toda guerra hay bandos, pero en la cubana el reparto es grotesco: de un lado, el pueblo destruido; del otro, la mafia política y su ejército de chivatones, esos héroes del oportunismo que venderían a su madre por una botella de aceite… y a veces ni eso, por un turno en el aire acondicionado.

Durante 67 años, el gobierno ha perfeccionado una maquinaria de delación tan bien engrasada que ya funciona sola: envidia, miedo, servilismo y la eterna aspiración de “caer bien al jefe”.

Gracias a ellos, gente honrada ha terminado en cárceles donde los únicos delincuentes son los que firman las órdenes. Estos personajes —los indeseables profesionales— son la fuente de información de los grandes dirigentes. Sí, esos mismos que viven rodeados de lujos mientras creen que “el pueblo está firme”. Firme está la miseria, y firme está la chivatería que les sostiene el chiringuito.

La doble moral es su religión: hoy defienden la revolución por una botellita de aceite, mañana cruzan la frontera y se convierten en magnates con dinero robado. Los “revolucionarios” de ayer, los millonarios de hoy y los de poca monta siguen el mismo patrón, solo que con menos glamour y más descaro.

El daño que han hecho es incalculable, son los pilares del sistema, los soportes del edificio podrido que ya se cae solo. Sin ellos, el aparato represivo no duraría ni un fin de semana.

Fuera de Cuba, la fiesta de cómplices continúa. El proyecto europeo —ese monumento al fracaso diplomático— apenas ha levantado la voz contra la represión en Cuba.

En América Latina, varios gobiernos han jugado al “solidarios con la dictadura”: México, Brasil, Colombia, Nicaragua, Venezuela… hasta que Trump les recordó que la complicidad también tiene precio. Rusia y China, por conveniencia política, repiten la misma cantaleta sin tener idea del daño que causan al pueblo cubano.

La buena noticia es que estos gobiernos populistas lo han hecho tan mal que la derecha está recoloreando el continente. Algo es algo.

Hoy leía a un profesor cubano, muy respetado, que criticaba a quienes desde afuera opinan sobre Cuba porque, según él, “militan en las derechas” o “no sufrieron lo que se vive hoy”. Una lógica tan torcida que solo puede salir de alguien que confunde humanidad con carnet político

El profesor está equivocado. Cualquier cubano, sea del color que sea y se haya ido cuando le dio la gana, siente su tierra y su gente. No hace falta estar pasando hambre hoy para saber lo que es la miseria.

Y sí: cada cual tiene el derecho legítimo de criticar. El argumento de “qué hiciste tú cuando estabas en Cuba” es la muletilla favorita de los chivatones que aseguran su botellita de aceite. Es hora de dejar de pelear entre cubanos por colores políticos y discursos inútiles. Esa división es el oxígeno del gobierno moribundo. Ya va siendo hora de desconectarle

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy