La cigüeña que le enseñó fidelidad a medio mundo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En 1993, mientras Croacia se desangraba en la guerra, un conserje de escuela llamado Stjepan Vokić encontró a una cigüeña blanca herida a la orilla del río. Un cazador, de esos que disparan a todo lo que se mueve, le había destrozado el ala. Ya nunca podría volar. Vokić, que debía tener el corazón más grande que el pueblo donde vivía, la recogió, la curó y la llamó Malena.

Y como las cigüeñas buenas no se quedan en invierno, él le construyó un nido en el techo de su casa, la abrigó con sus propias manos y le llevó pescado fresco cada día. Año tras año. Sin esperar nada a cambio. Porque eso es lo que hace la gente decente.

Pasaron ocho años. Ocho inviernos de soledad para Malena, viendo partir a las demás cigüeñas mientras ella se quedaba clavada en ese techo. Hasta que en 2001 llegó Klepetan. Un macho que eligió ese nido, esa cigüeña y ese techo como su hogar. Tuvieron crías, fueron felices, hicieron lo que las cigüeñas hacen. Pero cada otoño, como manda la naturaleza, Klepetan debía partir hacia el sur. Y Malena, que no podía seguirlo, se quedaba esperando. Lo que nadie esperaba era lo que pasaría después: que Klepetan regresara. Y no una vez, sino diecinueve. Diecinueve primaveras consecutivas.

Un viaje de más de 13.000 kilómetros. Desde Sudáfrica hasta el este de Croacia. Atravesando África, el Mediterráneo y los Balcanes, esquivando depredadores, cazadores, tormentas y toda la mierda que el mundo pone en el camino. Y siempre, siempre, terminando en el mismo techo, con la misma cigüeña esperándolo. Los croatas, que saben reconocer una historia de amor cuando la ven, convirtieron su regreso en un evento nacional. Los medios lo cubrían, el pueblo salía a verlo llegar, y Vokić, ya anciano, preparaba cada año un balde de pescado para recibirlo. Como si fuera un hijo que vuelve a casa después de la guerra.

Fidelidad a toda prueba

Juntos criaron 66 polluelos. Sesenta y seis. Una familia entera construida en ese techo, en ese pueblo, bajo la mirada atenta de un conserje que nunca pidió nada a cambio. Y el 7 de julio de 2021, Malena murió de vejez. Klepetan estaba con ella. Porque hasta el último momento, el muy cabrón se quedó a su lado. Hoy, con 36 años, una edad que para una cigüeña es como si usted tuviera 120, Klepetan sigue regresando a Brodski Varoš cada primavera. Y cada vez que llega, no va directo al nido. Va al jardín de Vokić, donde Malena descansa bajo un manzano. Y se queda ahí, quieto, como quien visita una tumba.

Para algunos, esto habla del instinto animal. Para otros, de algo que no tiene nombre fácil. Para mí, que he visto a gobiernos prometer fidelidad eterna y cambiar de bando al día siguiente, esto es un puñetazo en la mesa. Una cigüeña macho recorrió 13.000 kilómetros durante 19 años para volver a la misma hembra. Y cuando ella murió, él siguió visitando su tumba. Mientras tanto, hay seres humanos que no cruzan la calle por la persona que dicen amar. Así que ya saben: cuando alguien les diga que el amor es un invento humano, cuéntenle la historia de Klepetan y Malena. Y si no se les humedecen los ojos, es que no tienen corazón. O peor: es que no han visto suficiente mierda en este mundo para saber reconocer lo que vale la pena.

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