El hombre que se bebió la muerte a sorbos de un dólar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Eben Byers lo tenía todo: fortuna, prestigio social y un swing de golf que le había valido el Campeonato Amateur de Estados Unidos en 1906. Era un industrial rico, de esos que aparecían en las páginas de sociedad y mandaban en los consejos de administración. En 1927, con 47 años, un dolor persistente en el brazo —herencia de un accidente en tren— lo llevó a la consulta de su médico, que le recomendó un producto llamado Radithor. Agua destilada con radio-226 y radio-228. El prospecto prometía energía, vitalidad y la cura de casi todo. Costaba un dólar la botella. Y Byers empezó a beberla como quien bebe la fuente de la eterna juventud.

Al principio, el efecto fue casi milagroso. Se sentía más fuerte, más animado, más vivo. Así que aumentó la dosis: tres frascos diarios. Llegó a recomendar el producto a amigos, a socios y hasta se lo administró a sus caballos de carreras, convencido de que había descubierto un elixir. En total, bebió unas 1.400 botellas de Radithor. Lo que no sabía —lo que nadie le contó— es que el radio no se elimina. Debido a su parecido químico con el calcio, se aloja en los huesos. Y una vez dentro, sigue emitiendo radiación. Día y noche. Sin pausa. Sin piedad.

En 1930 empezaron a caérsele los dientes. Luego llegaron los dolores insoportables, la pérdida de peso, las llagas que no cerraban. Le extirparon parte de la mandíbula, pero el tejido óseo siguió deshaciéndose y aparecieron agujeros en el cráneo. Cuando la Comisión Federal de Comercio abrió una investigación contra el fabricante de Radithor, Byers ya no podía ni presentarse a declarar. Un investigador lo visitó en su mansión de Long Island. Lo encontró sin mandíbula superior y con la inferior casi destruida. Un muerto en vida que aún podía hablar.

La compañía recibió la orden de dejar de vender Radithor como un producto inofensivo y de atribuirle propiedades que no tenía. Byers murió el 31 de marzo de 1932, a los 51 años. Su muerte ocupó portadas en todo el país y transformó los remedios radiactivos en un escándalo nacional imposible de ignorar. Pero el caso dejó al descubierto una grieta legal inquietante: Radithor era perfectamente legal. Su etiqueta no mentía. Era, en efecto, agua radiactiva. Y la ley de 1906 no permitía retirar un medicamento solo por ser peligroso.

La muerte de Eben Byers cambió las reglas del juego. Años después, Estados Unidos aprobó normas mucho más estrictas que obligaban a demostrar la seguridad de los fármacos antes de venderlos. No sabemos cuántas vidas salvó aquella legislación, ni cuántas personas dejaron de beber veneno tras conocer la historia del millonario que se deshizo por dentro. Lo que sí sabemos es que Byers se convirtió en la prueba viviente —y muriente— de una época en la que una sustancia mortal podía venderse como medicina. Bastaba con que la etiqueta dijera la verdad.

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