
El hombre que la salvó y también mató
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Helena Citrónová era una joven judía eslovaca cuando, en marzo de 1942, la metieron en uno de los primeros trenes de mujeres que llegaron a Auschwitz. Tenía veinte años, el pelo oscuro y una voz que aún no sabía que la salvaría.
Al principio la pusieron a remover escombros, un trabajo diseñado para romperla antes de que el gas hiciera el resto. Luego la trasladaron a «Kanada», el almacén donde los prisioneros clasificaban las maletas, la ropa y los objetos de los que ya no iban a necesitar nada. Allí, entre montañas de zapatos y abrigos con nombres ajenos, conoció a Franz Wunsch, un austríaco de las SS que un día la oyó cantar y decidió que no quería que muriera.
Wunsch empezó a cortejarla como se corteja en el infierno: con comida, con mensajes clandestinos, con pequeños privilegios que en Auschwitz significaban la diferencia entre un día más y un cadáver. La protegió de castigos, la mantuvo en trabajos que alargaban la vida.
Helena aceptó aquella protección porque rechazarla habría sido una forma de suicidio. Pero nunca se engañó: aquello no era amor, era supervivencia. Cualquier cercanía con un miembro de las SS podía costarle la vida, y ella lo sabía. La fotografía que él le tomó, con el uniforme de prisionera y una serenidad que hiela la sangre, no es la imagen de una enamorada: es el retrato de una mujer que aprendió a negociar con el abismo.
La maldición silenciosa
En 1944, la historia se partió en dos. La hermana de Helena, Róza, llegó al campo con su marido y sus hijos. Fueron seleccionados para la cámara de gas. Helena buscó a Wunsch con la desesperación de quien ya no tiene nada que perder. Él logró salvar a Róza, pero no pudo —o no quiso, o no alcanzó— salvar a su esposo ni a sus hijos.
Las dos hermanas sobrevivieron, pero cargaron con aquellas muertes como quien carga una maldición silenciosa. La ayuda de Wunsch era un bisturí: cortaba la muerte por un lado y la dejaba pasar por el otro.
Porque Wunsch no era un ángel caído en desgracia. Era un oficial de las SS que participaba en selecciones, acompañaba a deportados hacia las cámaras y ejercía una brutalidad que otros supervivientes recordarían décadas después.
El testimonio de Helena
La mano que le llevaba pan a Helena era la misma que empujaba a otros hacia el exterminio. Y ella lo sabía. Lo supo entonces y lo declaró después, en 1972, cuando Wunsch fue juzgado en Viena y su esposa le pidió a Helena que testificara. Ella aceptó. Dijo la verdad completa: él le salvó la vida a ella y a su hermana, sí, pero también maltrató a otros prisioneros. Wunsch fue absuelto y puesto en libertad.
La historia de Helena Citrónová —que después se llamó Zippora Tahori, emigró a Israel y trató de reconstruirse por dentro— no admite lecturas fáciles. No es un romance de guerra, ni una fábula de redención, ni un cuento de buenos y malos. Es el testimonio de una mujer obligada a sobrevivir en un mundo donde la misma persona podía tenderte una mano y empujar a tu vecino a la fosa.
Décadas después, su testimonio dejó una verdad incómoda sobre la mesa del tribunal: haber salvado una vida no borra la responsabilidad por todas las demás. Y a veces, lo más parecido a la justicia es contarlo todo.






