El patadón que el mundo no entendió

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante años, el vídeo se explicó con una sonrisa condescendiente, de esas que huelen a colonia barata y superioridad de sobremesa. Estamos en el Mundial de Alemania de 1974. Brasil prepara una falta contra Zaire. La barrera africana está colocada, el árbitro pita, los brasileños se disponen a lanzar y, de pronto, un defensa zaireño sale corriendo, llega al balón y lo manda a tomar viento de un zapatazo.

El mundo se rió. Qué gracioso todo. No conocen las reglas… se dijo. Pero aquel jugador, Mwepu Ilunga, no era un pobre diablo que acababa de descubrir el reglamento del fútbol. Era internacional por Zaire, campeón de África, futbolista de una selección que había llegado al Mundial no por sorteo de tómbola, sino porque se lo había ganado en el campo.

Y aquel puntapié absurdo, que durante décadas fue tratado como una escena cómica, tenía detrás una historia bastante menos divertida: primas impagadas, presión política, un dictador con complejo imperial y un grupo de jugadores atrapados en un escaparate que se estaba convirtiendo en jaula.

Zaire, la actual República Democrática del Congo, llegó al Mundial de 1974 convertido en símbolo. Era la primera selección del África subsahariana que disputaba una Copa del Mundo, y eso, en pleno régimen de Mobutu Sese Seko, no era solo deporte. Era propaganda. Mobutu, que había rebautizado el país, impuesto su culto personal y convertido el leopardo en símbolo de poder, vio en aquellos futbolistas una oportunidad magnífica para enseñar al mundo la grandeza del nuevo Zaire.

Brasil en contra y Mobutu detrás

El debut contra Escocia no fue brillante, pero tampoco vergonzoso. Zaire perdió 2-0. Dolía, claro, pero entraba dentro de lo razonable. El desastre llegó en el segundo partido, contra Yugoslavia, cuando los africanos encajaron un 9-0. Para cualquier selección habría sido una humillación, pero para una selección usada como escaparate de una dictadura, era algo peor. Era dejar al jefe en ridículo delante del planeta. Y Mobutu no era precisamente un hombre dado a la terapia de grupo.

Según contó después el propio Ilunga, antes del partido contra Yugoslavia ya había un conflicto serio por las primas prometidas a los jugadores. El dinero no llegaba, el ambiente se envenenó y los futbolistas se sintieron engañados. ç

Tras la goleada, la presión aumentó. Varios relatos posteriores, incluidos testimonios atribuidos a Ilunga, sostienen que el régimen les hizo llegar una amenaza antes del partido contra Brasil: si encajaban una goleada, podían olvidarse de volver tranquilos a casa. Las versiones varían en el número exacto de goles, como suele pasar cuando la historia sale de un vestuario con miedo y entra en la memoria colectiva, pero el núcleo es el mismo: aquellos hombres no jugaban solo contra Brasil. Jugaban contra Brasil con Mobutu respirándoles en la nuca.

Una patada al miedo

Y enfrente estaba Brasil. No estaba Pelé, pero quedaba suficiente pólvora como para no estar tranquilos. Brasil ganaba 2-0. Faltaba poco. Una falta peligrosa cerca del área. La barrera se coloca… e Ilunga sale corriendo de la barrera, llega al balón y lo despeja de un patadón. Amarilla. Carcajadas. Perplejidad. El comentarista encuentra su anécdota, el público encuentra su chiste y el mundo encuentra una explicación fácil: aquel africano no sabía que en una falta no se puede hacer eso. Pero Ilunga sí lo sabía.

Años después, el futbolista explicó que aquello no fue desconocimiento, sino rabia, protesta y desesperación. Llegó a decir que quería provocar una tarjeta roja. No era el gesto de un ingenuo; era el gesto de un hombre que estaba hasta el cuello en una situación podrida. Tenía delante a Brasil, detrás a un régimen furioso y alrededor a un Mundial que, en vez de celebrar la presencia africana, estaba convirtiendo a Zaire en una caricatura.

Brasil ganó finalmente 3-0. Zaire evitó una goleada mayor, pero no evitó la condena simbólica. Se fue del Mundial sin marcar un gol, con tres derrotas y catorce tantos encajados. Los jugadores, que habían llegado como campeones de África, regresaron señalados. La propaganda los había subido al escenario y luego los dejó caer.

Mwepu Ilunga no fue “el jugador que no sabía las reglas”, fue el jugador que, en medio de un Mundial, pegó una patada al balón porque quizá no podía pegarle una patada a todo lo demás: a las promesas incumplidas, al miedo, al ridículo público, a los burócratas del régimen y a un dictador que había convertido once camisetas en asunto de Estado.

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