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Por Padre Alberto Reyes ()

Esmeralda, Camagüey.- Tomemos como punto de partida una evidencia: Cuba necesita un cambio, y un cambio radical. No podemos seguir así.

A la fuerza, se ha normalizado en Cuba una situación similar a la de un país en guerra, y el organismo humano puede asumir esta situación temporalmente, pero no para siempre, porque se rompe, se le quiebra el cuerpo y también el espíritu.

No puede ser normalidad vivir con dos horas de electricidad al día, viendo como lo poco que se consigue para comer se echa a perder, y levantándose de madrugada, cuando “ponen la luz”, para lavar, para cocinar, para gestionar la vida, con el miedo continuo de que no alcance el tiempo.

No puede ser normalidad no tener agua corriente, ni servicio de teléfono, ni la mínima cobertura de Internet, y vivir incomunicado incluso dentro del propio pueblo.

No puede ser normalidad no poder descansar ninguna noche por el calor y los mosquitos, y estar siempre con agotamiento crónico, tanto por la falta de descanso como por el estrés mantenido de una vida incontrolable.

No puede ser normalidad no tener el dinero básico, por la abismal diferencia entre lo que recibe el trabajador y lo que cuesta la vida, por la imposibilidad de obtener el efectivo en los bancos, y por la injusticia de un pago en pesos cubanos y un cobro a nivel de dólar y de primer mundo.

No puede ser lo normal vivir en una miseria prolongada e insuperable, dependiendo continuamente de ayudas externas, y teniendo que librar una guerra para conseguir cualquier cosa.

No puede ser normalidad que el transporte no exista o signifique lanzarse a una aventura incierta, y que no haya combustible ni para lo básico, o tenga que pagarse a precios imposibles.

No puede ser normalidad que no haya medicamentos, que para una intervención quirúrgica tengas que llevar hasta el hilo de sutura, que no haya reactivos y los profesionales den un criterio “a ojo”, que la mortalidad infantil se dispare, que no haya electricidad en los hospitales, que los salones de operación sean espacios ruinosos.

No puede ser normalidad un sistema educativo decadente, incapaz de ofrecer no una formación sólida, sino una formación básica que apuntale la vida.

No puede ser normalidad vivir en la incertidumbre constante, sin la posibilidad de predecir ni siquiera cómo va a ser el día siguiente.

No puede ser normalidad vivir en modo supervivencia, con agotamiento continuo y sueños eternamente engavetados.

No, todas estas cosas puede afrontarlas el ser humano en algún momento de su existencia, pero no pueden convertirse en su modo de existir, porque entonces, el ser humano se rompe, el alma se rompe, el país se rompe. 

¿Y qué opciones tenemos para salir de todo esto? Porque no parece que las soluciones vayan a venir de los que nos gobiernan. ¿Qué opciones tenemos? Habrá que pensar en ello.

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