
La Universidad Central de Las Villas, el último saqueo de un país en ruinas
Por Patxi Morales ()
Santa Clara.- La Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas fue, en su día, la más linda de Cuba. Un campus que era un poema de áreas verdes cuidadas al milímetro, pasillos enormes y limpísimos que invitaban a caminar, edificios que respiraban orgullo. Pero eso fue en otro siglo. En otra Cuba.
La de ahora, la del castrismo moribundo, ha convertido aquel paraíso académico en un campamento cañero abandonado, donde cada noche amanece con una herida nueva: un trozo más de cerca que desaparece, el cable coaxial que permitía el flujo de datos entre facultades, las computadoras de los profesores, las lámparas que aún alumbraban…
Los bandidos han hecho de la UCLV su tierra de nadie. No son forasteros, son el reflejo de un país donde la necesidad ha borrado cualquier rastro de civilidad. Mientras el gobierno se llena la boca con discursos de “resistencia” y “continuidad”, los cacos se llevan lo que se encuentran, con la impunidad que ofrecen las noches sin corriente.
En una universidad que fue modelo de excelencia, hoy roban lámparas led que luego venden a 8,000 pesos cada una, ventanas de zinc, computadoras, colchones de las residencias estudiantiles y hasta documentos académicos. La descomposición es tal que los propios trabajadores se han convertido en depredadores: un custodio de la Facultad de Ciencias Médicas, que no pertenece a la UCLV, aclaro, fue detenido por robar colchones y computadoras aprovechando su condición de empleado.
El saqueo y la desidia
El gobierno universitario, maniatado por la desidia y la falta de recursos, no tiene a quién contratar para evitar el saqueo. La solución de la administración ha sido tan desesperada como ridícula: pagarles más a los profesores para que se queden de guardia hasta ciertas horas de la noche. Profesores que, encerrados en algún rincón, escuchan impotentes cómo los bandidos trabajan en la oscuridad, desvalijando lo que fue orgullo de Las Villas desde su fundación en 1952. No pueden hacer nada. No hay policía que responda, no hay un cuerpo de seguridad eficiente, no hay nadie que cuide lo que el régimen ha abandonado a su suerte.
La ausencia de un cuerpo policial capaz de proteger la propiedad —pública o privada— es la marca de fábrica del castrismo. La policía, esa misma que persigue con saña a quienes pegan carteles contra el gobierno o protestan en las calles, es invisible cuando se trata de detener a los ladrones que desmantelan las instituciones.
En los alrededores de la UCLV, la inseguridad es tal que dos hombres fueron detenidos recientemente tras asaltar a cinco estudiantes. En la residencia estudiantil, un delincuente entró en plena madrugada, caminó por los cuartos mientras las alumnas dormían, y se llevó laptops, documentos y pertenencias (https://www.cubanet.org/robos-en-la-residencia-estudiantil-de-la-uclv-vivimos-con-miedo-constante/). La policía, ni caso. Las estudiantes viven con miedo constante, y el miedo, en este país, es la única política de Estado que funciona.
La culpa de la tiranía y sus secuaces
Si esto continúa, la UCLV correrá la misma suerte que aquella escuela de Remedios que se derrumbó hace unos días. Primero se llevaron todo lo que tenía valor, luego comenzaron a arrancar el acero de su estructura constructiva, y al final, los escombros sepultaron lo que el saqueo no había terminado de consumir. La UCLV está en el mismo camino: una institución que va camino de convertirse en ruina porque el régimen no tiene capacidad —ni voluntad— para proteger ni lo más sagrado.
Los culpables son los de siempre: el gobierno, el castrismo, la policía que solo sirve para perseguir al que piensa diferente. Ellos, los que se han robado el país entero para beneficio propio, son los responsables de que hoy una universidad que fue emblema de la inteligencia cubana sea pasto de la pillería y el bandidismo.
Mientras los burócratas se llenan los bolsillos y los dirigentes viajan por el mundo gastando el dinero que no tienen, la UCLV se desangra. Y con ella, toda Cuba. Porque lo que está pasando en Santa Clara no es un caso aislado: es el síntoma de un país que agoniza, donde hasta las universidades, los templos del saber, se han convertido en botines de guerra de una dictadura que solo sabe robar y abandonar.






