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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- A veces leo que hay personas a las que les parece mal que los cubanos se rían de la desgracia, o que bailen en un apagón, porque según ellos eso significa que aceptan la realidad sin protestar y, por eso, la merecen.

Sin embargo, soy de las que cree —y esto es una percepción, no una tesis que pueda demostrar— que el cubano nació con un chip especial para convertir la tragedia en una comedia de tres actos, y que eso, por lo general, funciona más como mecanismo de defensa y supervivencia que como irrespeto a la tragedia o aceptación de la opresión.

En Cuba, «reír para no llorar» es, en mi opinión, un mecanismo para sobrevivir —o sobremorir— a cada caída colosal del SEN, a semanas enteras sin ver una gota de agua por las tuberías y a la odisea interminable de cazar una simple duralgina.

Estás a oscuras, el calor te cocina los pensamientos y, en vez de dejarte morir, bailas en una conga o ríes con los memes de tus redes en la penumbra. Es una válvula de escape absurda para no perder la cordura mientras la cotidianidad se desmorona en pedazos.

Con nostalgia y sin perder el sentido del humor

Pero entonces cruzas el charco, llegas a Miami, Madrid o Montevideo, y te das cuenta de que la libertad y el progreso también te pegan sus respectivas sacudidas. El primer mes te lo pasas maravillado y a la vez mareado frente al anaquel de un supermercado, porque hay cincuenta marcas de queso cuando tú solo conocías el blanco o el requesón; o terminas hablándole en español al cajero automático de la gasolinera mientras intentas descifrar cómo funciona el GPS para no terminar en otra ciudad… También te ríes de todo eso y aprendes.

La realidad, con sus matices, nos golpea duro a todos: los de allá, atrapados en la odisea física de resolver lo urgente para el día a día; y los de acá, atrapados en el choque de adaptarse a un mundo hiperacelerado, trabajando duro, enviando remesas, extrañando el abrazo materno y contando las horas para volver a hablar con los suyos. Todos tratando de vivir como mejor pueden.

La verdad duele, pero hay que decirla con todas sus letras: nos han separado geográficamente, pero seguimos conectados por el mismo cordón umbilical de nostalgia, humor y café fuerte. Los datos y las historias reales están ahí: miles de familias divididas que cuentan los días para volverse a ver, profesionales manejando taxis en el extranjero para que en la isla sus padres puedan comer carne un domingo, y una comunidad entera que ha tenido que reinventarse desde cero en cada rincón del planeta. Y nunca nadie perdió su sentido del humor.

No dejaremos de reír jamás

Nos quitaron la tranquilidad, nos quitaron la cotidianidad, pero jamás van a poder quitarnos esa maña tan nuestra de reírnos, encontrarnos en cualquier lugar del mundo y reconocernos a la legua solo por la forma de hablar y de resolver la vida.

Al final del día, da igual de qué lado del mar te acostaste hoy y si te ríes o no: la patria no es un pedazo de tierra ni un documento legal, sino esa gente que te entiende el chiste sin explicarlo, la que te manda un mensaje para ver si llegó el paquete o si estás bien, y la que sueña con el día en que un abrazo no tenga que costar un pasaje de avión.

A pesar del dolor de la distancia, la escasez y los años robados, los cubanos hemos demostrado una dignidad y una fuerza inquebrantables que ninguna frontera puede apagar. Nos volveremos a abrazar sin pantallas de por medio, las familias volverán a sentarse a la misma mesa sin faltar nadie, y esa risa con la que hoy sobrevivimos será, muy pronto, la risa con la que celebraremos nuestra libertad y nuestro reencuentro definitivo.

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