
Solo queda la caída
Kathy Esenring
Basilea.- Últimamente cuando me acerco a esta Cuba digital que dista ya mucho de la que vi por última vez en el 2018, siento algo parecido a volver a ver al ex que te maltrató y trató como un trapo: primero el recuerdo de «los momentos bonitos“ y casi inmediatamente el cuerpo que se convierte en una arqueada gigante.
Cuando vivía allí si bien la situación no era tan extremadamente insoportable como ahora, me adaptaba al horror como a un destino inevitable: los días a arroz y un aguacate que duraba una semana, el día que se rompió el refrigerador sin esperanza de arreglo, los kilómetros a pie bajo un sol asesino, el día en que dos ratas enormes entraron al patiecito y encontré sus cuerpos espumeantes (se habían comido un poquito de detergente que olvidé en el lavadero). Nada que cualquier cubano no haya vivido.
Pero cuando uno emigra y se recetea a fuerza de normalidad y de dignidad, el proceso es como el de alguien que sale de terapia intensiva a la calle con alta. Y afuera es…la paz. Todo conspira para que te conviertas en un ser humano más sereno (más allá del proceso de adaptación que puede ser largo y difícil.) Ves con entusiasmo que tienes derechos, muchos, que la dignidad es algo que se da por sentado, que el respeto también es un elemento imprescindible y con el tiempo algo también natural. Algunos dirán, sí pero eso es porque vives en Suiza. Bueno, pues entonces agradezco las décadas de educación civil que enseñó a este país a ser lo que es hoy, imperfecto pero armónico. Y yo, como tantos, busco la armonía…
Todo esto para concluir que el pueblo que se trata con respeto y con la dignidad como elemento esencial para su existencia, produce eso, personas que trabajan, respetan y crecen, personas agradecidas.
Cuando veo lo que sucede en Cuba y más allá de las tantas carencias materiales me dijo: nos retiraron lo más importante y humano que se puede tener: la dignidad. Nos fueron retirando poco a poco derechos pequeños y grandes, desde un salario justo hasta un pedazo de pan, agua, electricidad. Todo hasta obligar al señor retirado y que trabajó como mulo toda su vida a hurgar en el basurero, al médico a pedir a sus pacientes que traigan el material médico, al profesor a tragarse su opinión y enseñar una sarta de mentiras, doblegando su dignidad y su respeto por sí mismo.
Un pueblo que no se trata con dignidad termina cruzando todos los límites, abrazando toda la vulgaridad, la barbarie. Total, ya perdió lo esencial, ser tratado como un ser humano. Solo queda la caída.






