El metro fantasma de Broadway: cuando Alfred Beach le ganó la partida a Tweed (aunque perdió la guerra)

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Nueva York, 1869. La ciudad más poderosa del mundo apestaba. Literalmente. Treinta mil caballos cruzaban sus calles a diario y dejaban caer, con una puntualidad casi poética, mil toneladas de estiércol. En ese contexto perfumado, un tal Alfred Ely Beach, editor de Scientific American y abogado de patentes con la cabeza bien amueblada, pensó que la solución era un tren subterráneo. El problema se llamaba William Marcy Tweed, alias Boss Tweed, el hombre que controlaba Nueva York con la misma naturalidad con la que otros respiran.

Tweed era el puto amo del tráfico de influencias. Las compañías de tranvías le pagaban tributo, y un metro independiente le iba a joder el negocio. Así que cuando Beach pidió permiso para construir su túnel, Tweed dijo no, con esa sonrisa de político que sabe que nadie se atreve a contradecirle. Pero Beach, que no era tonto ni cobarde, se negó a sobornarle. En el Nueva York de 1869, eso equivalía a declarar la guerra con una pistola de agua.

Así que recurrió a la táctica más vieja del mundo: la mentira con papeles. Consiguió un permiso para construir «dos tubos pequeños para el correo neumático». Lo que la ley no sabía es que esos dos tubos, por arte de la ingeniería, iban a fusionarse en uno solo, con el tamaño suficiente para que cupiera un vagón de pasajeros. Mientras una tienda de ropa en Broadway simulaba reformas, los obreros excavaban de noche y sacaban la tierra en carros de reparto. Nadie sospechó nada. Los vecinos debían pensar que estaban cambiando los maniquíes de sitio.

Sorpresa, el Metro

El 26 de febrero de 1870, Nueva York despertó con un metro que nadie había visto construir: 90 metros de túnel de ladrillo blanco, estación con piano de cola, fuente con peces de colores y vagones tapizados. El billete costaba veinticinco centavos, y los beneficios iban a huérfanos de guerra. Así que los políticos no podían atacarlo sin quedar como unos desgraciados. Cuatrocientas mil entradas vendieron en un año. El público alucinaba. Tweed, en cambio, echaba humo por las orejas.

La guerra burocrática duró tres años. Beach ganó la batalla cuando Tweed cayó en 1873, pero perdió la guerra: ese mismo año el mercado de valores se hundió y los inversores que iban a financiar la expansión del metro se esfumaron como el humo de una chimenea.

El sueño quedó aplazado hasta 1904. Beach tapió la entrada de su túnel, volvió a su revista y siguió trabajando hasta que murió, el 1 de enero de 1896, sin ver su metro hecho realidad. Dieciséis años después, unos obreros chocaron con el túnel olvidado. Dentro encontraron el vagón perfectamente conservado, la tuneladora oxidada por el tiempo, y el piano de cola… todavía esperando a que alguien volviera a tocarlo. La ciudad había avanzado, pero bajo sus pies, el futuro se había quedado dormido.

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