
El Petiso Orejudo y la incomodad de mirar de frente
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Cayetano Santos Godino fue una de esas sombras que Buenos Aires, a comienzos del siglo XX, prefería no mirar. Una ciudad de corsés y conventillos, de inmigrantes y sueños rotos, que un día se encontró con un chico de ojos chicos y orejas grandes. Nació en 1896, en una casa donde el cariño era un artículo de lujo, y la violencia, el menú del día. Antes de cumplir los doce, ya había aprendido que prender fuego a un galpón o hacer daño a otro niño no le removía ni una pestaña.
La prensa, que nunca falla a su cita con el titular fácil, lo bautizó «El Petiso Orejudo». Y con eso creyó haberlo explicado todo. Pero claro, ponerle apodo a un monstruo no es lo mismo que entenderlo. Porque Godino no era un personaje de folletín, sino una advertencia con patas. Era lo que ocurre cuando la calle te cría, la familia te golpea y nadie, absolutamente nadie, te enseña lo que significa la palabra «basta».
En un rincón incómodo de la historia
En 1912, cuando Buenos Aires ya temblaba con cada incendio y cada niño desaparecido, lo detuvieron. Los médicos dictaminaron aquello de «penalmente irresponsable», que es una forma elegante de decir «no sabemos qué hacer contigo». Y así, de pericias en pericias, Godino fue a parar al penal de Ushuaia, el fin del mundo, donde pasó décadas sin que nadie fuera a preguntarle por qué. El frío, supongo, le enseñó lo que la bondad nunca pudo.
Su historia incomoda. Porque no te permite un titular tranquilizador ni un final con moraleja. Llamarlo monstruo es fácil, pero no explica cómo se hace un monstruo. Y eso, amigos, es lo que duele de verdad: asumir que el horror a veces crece en casa, en la escuela, en la calle, ante los ojos de todos, mientras la sociedad mira hacia otro lado y se limpia las manos con un apodo.
Así que Godino sigue ahí, en el rincón incómodo de la memoria argentina. No para que lo perdones. No para que lo entiendas del todo. Sino para recordar que ningún niño nace queriendo prender fuego al mundo. Que alguien, en algún momento, se lo enseña. O peor aún: que nadie se lo impide. Y eso, señores, sí que da miedo. Porque no pasó hace un siglo. Pasa ahora, a la vuelta de casa, mientras seguimos creyendo que ponerle nombre al monstruo es lo mismo que derrotarlo.






