
El sobrino de los generales: así se hizo el hombre más confiable de Cuba detrás del telón
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Si uno se queda solo con la foto oficial, verá a Lázaro Alberto Álvarez Casas como uno más en la escalinata del poder: al lado de Díaz-Canel, junto a Manuel Marrero y flanqueado por el todopoderoso general Álvaro López Miera. Pero el ojo entrenado sabe que esa imagen miente. Porque el hombre que este jueves se sentó frente al director de la CIA, John Ratcliffe, no es un ministro cualquiera. Es, hoy por hoy, el militar en quien la familia Castro ha depositado una confianza que ya no le tienen ni al propio presidente. Y su historia parece escrita con otra tinta: la de los apellidos y los atajos.
Álvarez Casas no llegó al Ministerio del Interior por la puerta de los méritos de guerra, aunque estuvo en Angola, bien protegido, por cierto. Nació en 1969, cuando la épica de la Revolución ya era un relato en retirada. Mientras otros militares curtidos como Ulises Rosales del Toro —jefe del Estado Mayor General por largos años, veterano de Angola, respetado entre el generalato— se estrellaron contra el techo de cristal del generalato sin pasar de General de División, este sobrino de los míticos generales de Cuerpo de Ejército Senén y Julio Casas Regueiro comenzó a escalar posiciones como quien juega en modo fácil. No hubo batallas, no hubo mando de tropas en el extranjero. Hubo un apellido y una lealtad temprana.
En 2021, este hombre era apenas un general de Brigada. Uno más entre tantos. Pero en apenas cinco años, Álvarez Casas ha saltado grados con una velocidad que ha dejado desconcertado al propio alto mando.
Ya es general de Cuerpo de Ejército, el mismo rango que el ministro de las FAR, López Miera, y superior al que jamás alcanzaron figuras históricas con décadas de servicio real. ¿La razón? No la busquen en las órdenes militares. Búsquenla en el vínculo más sagrado del poder cubano: la sangre y la lealtad personal a los Castro.
Toda la confianza de los Castro
Quien lo conoce bien cuenta que la verdadera llave de su ascenso no está en sus tíos, ya fallecidos, sino en su amistad con Alejandro Castro, el hijo de Raúl. Entre ellos existe una hermandad de hierro forjada en años de complicidad. Alejandro lo considera el más devoto, el más fiel, el más dispuesto a custodiar el legado familiar sin titubeos. Y en un régimen donde la confianza es la moneda más escasa, ese respaldo ha valido más que cualquier estrella ganada en combate.
Hoy, en los pasillos del MININT y en los cuarteles de las FAR, nadie duda: la familia Castro le tiene más confianza a Lázaro Alberto Álvarez Casas que a Miguel Díaz-Canel. Que al primer ministro. Que a ningún otro dirigente del país. Porque mientras el presidente es un gerente de la crisis, el ministro del Interior es el guardián de los secretos, el hombre que puede reunirse con la CIA sin pedir permiso y el militar que encarna la continuidad dinástica en un sistema que ya no sabe vivir sin apellidos.
El resto, incluido el propio Díaz-Canel, son apenas fuegos artificiales. O fuegos fatuos ocasionales, piezas colocadas en el tablero a modo de contensión y sacrificables en cualquier caso. Álvarez Casas es la punta de lanza y para él sí habrá capacidad en el avión a la hora de escapar, aunque por el momento no tienen aviones.






