La democracia particular del castrismo

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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Hay un antecedente que retrata esta deformación de manera casi perfecta. En aquella famosa entrevista de Fidel Castro con Barbara Walters, cuando la periodista le cuestiona la ausencia de disenso, el control estatal sobre la prensa, la radio, la televisión y el cine, Fidel responde, en esencia: “Nuestro concepto de libertad de prensa no es como el de ustedes”.

Y acto seguido justifica que no se permitiría ningún periódico contra la Revolución. Ahí estaba, en estado puro, la trampa semántica del castrismo: no negar la falta de libertad, sino rebautizarla; no admitir la censura, sino presentarla como defensa revolucionaria; no reconocer la dictadura, sino venderla como una democracia “diferente”.

Recuerdo incluso la expresión de Barbara Walters, ese gesto de desconcierto ante una lógica que parecía decirle: sí, no tenemos lo que ustedes llaman libertad, pero nosotros le llamamos libertad a otra cosa. Y ahí está el punto. La dictadura cubana nunca ha tenido una democracia real; ha tenido una democracia particular, de laboratorio ideológico, donde el pueblo puede aplaudir, pero no contradecir; puede votar, pero no escoger; puede opinar, siempre que la opinión venga domesticada, autorizada y vestida de consigna.

Ese mismo mecanismo es el que hoy repite Bruno Rodríguez. No discute desde el lenguaje universal de los derechos humanos, sino desde el diccionario privado del régimen. Lo que para el mundo occidental es un preso de conciencia, para él es un agente a sueldo de una potencia extranjera. Lo que para una sociedad libre es disidencia, para ellos es mercenarismo. Lo que cualquier democracia reconocería como represión política, ellos lo llaman defensa de la soberanía nacional.

Los dos discursos

Por eso la brecha no es solamente política, sino metodológica, conceptual y moral. No se trata de dos partes debatiendo un problema desde visiones distintas, sino de dos lenguajes incompatibles. Mientras uno habla de derechos, el otro habla de enemigos. Mientras uno habla de ciudadanos, el otro habla de traidores. Mientras uno habla de libertades, el otro responde con soberanía, bloqueo, imperialismo y CIA.

Mientras no exista un acuerdo mínimo sobre qué constituye un derecho humano, qué es un delito político, qué significa libertad de expresión o dónde termina la soberanía de un Estado y empieza el atropello contra el ciudadano, estas conversaciones seguirán siendo un espejo roto. En ese espejo, una de las partes intenta hablar desde los estándares jurídicos y morales del mundo libre; la otra responde desde el manual ideológico de una dictadura que convirtió la represión en doctrina y la mentira en método.

Es como intentar dialogar con un sordo sin dominar el lenguaje de señas; pero peor aún: con alguien que no quiere escuchar, porque escuchar lo obligaría a reconocer lo que lleva décadas negando. Y cuando no hay voluntad de reconocer, tampoco hay voluntad de negociar.

No habrá negociación real con quien no quiere negociar. Solo habrá teatro diplomático, frases calculadas, gestos de apariencia y comunicados vacíos. Porque para que exista diálogo, primero tiene que haber un terreno común. Y el régimen cubano no busca ese terreno: lo dinamita antes de sentarse a la mesa.

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