
El sueño recurrente: cuando los cubanos preguntan “¿cuándo?” sin alzar la voz
Por Max Astudillo ()
La Habana.- No se grita en las plazas, no se corea en las manifestaciones, no sale en la televisión oficial. Pero en cada casa, en cada cola, en cada grupo de WhatsApp y en cada corrillo de vecinos que se cruza en una esquina cualquiera de La Habana, Santiago o cualquier lugar del país, la pregunta se repite como un estribillo secreto: “¿Cuándo llegará Trump?”.
No es una pregunta retórica. Es una esperanza que crece al calor de los apagones, que se alimenta del hambre silenciosa y que se fortalece cada vez que alguien recuerda que Nicolás Maduro, aquel que también parecía eterno, hoy está en una celda en Nueva York. Los cubanos no viven de la ilusión ingenua; viven de la necesidad más brutal. Y esa necesidad les ha enseñado que el cambio, si llega, no vendrá de adentro.
Porque la pregunta no se hace en alta voz. Nadie quiere ser el delator, nadie quiere ser el vecino que abre la boca de más y al día siguiente desaparece. Pero en la intimidad del hogar, en la confianza de los pocos amigos que quedan, la conversación siempre deriva al mismo punto: “¿Y si Trump cumple?”.
No es que los cubanos quieran depender de otro país, de otro imperio, de otro salvador de turno. Es que ya dependen. Dependieron de Rusia para el combustible, de China para las migajas de otra índole, de Venezuela para el poco crudo que llegaba, de las remesas familiares para sobrevivir. La dependencia no es nueva. Lo nuevo es la esperanza de que, por una vez, esa dependencia externa se vuelque a favor del pueblo y no de la cúpula castrista.
La vida del cubano no es vida
La pregunta se vuelve más urgente cuando uno mira alrededor. Los ancianos, que dieron su juventud por una revolución que les prometió el paraíso, hoy rebuscan en la basura. Las madres madrugan para hacer colas que nunca terminan en nada, para racionar la leche que no llega, para inventar un plato de comida con lo que sobra de la nada.
Los jóvenes, los mejores, los más preparados, los que deberían construir el futuro, han emprendido el éxodo hacia cualquier lugar donde puedan trabajar y vivir sin miedo. Y mientras tanto, en La Habana, la cúpula sigue repitiendo discursos vacíos, culpando al bloqueo de todo, comiendo en restaurantes blindados, viajando en aviones privados, acumulando privilegios que el resto de los mortales no puede ni imaginar.
Ellos llaman “resistencia” a sobrevivir con hambre. Nosotros llamamos resistencia a no haber perdido la esperanza. Pero la paciencia se agota, y las cacerolas que una vez sonaron en las noches de julio ahora apenas se escuchan. No porque la indignación haya desaparecido, sino porque el miedo está más presente que nunca.
El gobierno tiene las armas, los tanques, los aparatos de represión. El pueblo no tiene nada. Y eso lo saben hasta los niños. Por eso, cuando la pregunta “¿cuándo?” circula en voz baja, no es un llamado a la guerra, no es una incitación a la violencia. Es un suspiro, una súplica apenas audible, la conciencia de que por las buenas, con protestas aisladas, con valentía individual, esto no se resuelve.
El día ya viene llegando
Los cubanos no sueñan con tanques extranjeros, con bombardeos, con muertos inocentes. Eso no lo quiere nadie. Lo que sueñan es con la libertad. Con elecciones libres, con poder hablar sin que un policía uniformado, o de civil, llame a tu puerta a las tres de la mañana, con poder trabajar y que el salario alcance para vivir, con poder ver crecer a los hijos sin tener que planificar su huida.
Sueñan con una Cuba donde los ancianos sean respetados, donde los jóvenes tengan proyectos, donde nadie tenga que tragarse su orgullo para pedir un pedazo de pan. Sueñan con lo que medio mundo tiene y a ellos les fue negado en nombre de una revolución que ya ni ellos mismos creen.
Y mientras tanto, ahí están Díaz-Canel, Bruno Rodríguez, Manuel Marrero, Gerardo el Caribú y toda esa corte de funcionarios que viven en una realidad paralela. Ellos saben que la pregunta recorre la isla. Saben que el descontento es profundo y que el único miedo real que tienen los cubanos es el de ellos mismos.
Por eso cada gesto de Trump, cada sanción, cada declaración fuerte, les provoca desazón. Porque saben que la ilusión del pueblo, esa esperanza de que un rey mago llegue del norte a poner orden, no es una fantasía ingenua. Es la evidencia de que su modelo se agotó. De que ya no engañan a nadie. De que, aunque no se grite en las calles, la pregunta está ahí, latente, recorriendo la isla como un río subterráneo. “¿Cuándo?”. Y la respuesta, algún día -más temprano que tarde-, llegará.






