Moa se apaga: el último respiro del níquel y la estocada que deja a Holguín sin remesas

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Me escribe un amigo de Moa, y lo que me cuenta no es un lamento, es un parte de guerra. Dice que el municipio se va a morir. Que las últimas medidas de Trump, esas que ellos creían que eran solo titulares de prensa, han caído como un hacha sobre el único pulmón económico de esa tierra caliente del norte de Holguín.

Las empresas canadienses, que durante décadas fueron las dueñas del negocio del níquel, han recibido el ultimátum: 40 días para empacar y largarse (https://www.facebook.com/FUDNIC/photos/departamento-de-estado-de-los-ee-uupara-publicaci%C3%B3n-inmediatadeclaraci%C3%B3n-del-sec/1284038310575213/). Y ellos, que no son tontos, ya han empezado a hacer las maletas. Moa, amigos, se queda sin respiradero.

Y yo le pregunto a mi amigo: «¿Pero es tan grave?» Y él me responde con una frase que me hiela: «Moa vive del níquel. No hay otra cosa. Ni turismo, ni agricultura, ni nada. Aquí el que no trabaja en la niquelífera, vive de alguien que trabaja allí.» Porque esa empresa no era solo una fuente de empleo, era el corazón que bombeaba los únicos dólares que movían la economía real. No los pesos de mentira, no los billetes que el banco no tiene. Dólares.

Y con esos dólares se pagaban los esquemas de transferencia de remesas que sostenían a medio Holguín a través de los grupos de Whatsapp. Porque en Moa, como en el resto de Cuba, las remesas no siempre vienen de Miami. A veces vienen de la nómina de los que aún tienen trabajo, o por carámbola de la Florida a través de los moenses del níquel.

No es solo el desempleo

El problema no es solo los que se quedan sin empleo. Eso ya es una tragedia. El problema es que la cadena se rompe toda. Porque todos los que trabajaban en la niquelífera no solo se llevaban un salario, sino que eran los que sostenían la economía informal de Moa y Holguín. Ellos eran los que compraban los módulos de comida que luego se revendían en los mercados negros. Ellos eran los que traían baterías, paneles solares, repuestos, cualquier cosa que se pudiera revender para sacar unos pesos más.

Además, ellos facilitaban el transporte de Moa a Holguín. Porque cuando iban a reuniones, cuando tenían que hacer trámites o simplemente querían escapar del pueblo, los de la empresa movían la logística, a los revendedores, a los comerciantes, porque no hay otro transporte. Y de paso, movían a los que movían a las personas. Es decir, todo el ecosistema de transporte informal, que es el único que funciona en esta isla rota, dependía de esos viajes.

Y luego están las tarjetas, que es otro de los inventos de la supervivencia cubana. Esas tarjetas de compra y crédito que la gente usaba como si fueran PayPal en la era de piedra. Porque en Moa y sus alrededores, las transferencias de remesas no se hacían por bancos —eso es un chiste—, se hacían a través de esos plásticos mágicos que alguien recargaba y alguien gastaba en otro lugar.

Eso también se acaba. Porque el 90% de esos movimientos dependía de los dólares de la niquelífera. Y ya los canadienses han puesto el cartel de «se vende» o mejor dicho, «nos vamos». Mi amigo me dice que ya hay 200 trabajadores fuera, despedidos, en la calle, sin un peso. Pero eso es solo el aperitivo. Porque van a cerrar completo. El 100% de la operación. Y entonces, Moa no será un pueblo fantasma. Será una tumba.

Para Moa ya es tarde

Y mientras tanto, en La Habana, los mismos que han saqueado el país durante décadas, los que entregaron la niquelífera a empresas extranjeras a cambio de comisiones que nunca vimos, los que llenaron sus bolsillos mientras el pueblo se ahogaba, esos mismos saldrán a la televisión a culpar al bloqueo, a Trump, al imperio, al fascismo, al cambio climático, al que sea.

El impacto social será profundo. Moa corre el riesgo de convertirse en un monumento al pasado industrial si el Estado no logra encontrar socios dispuestos a desafiar las sanciones de Washington —algo poco probable dado el alcance de las sanciones secundarias—. La parálisis de la industria del níquel no solo asfixia las arcas del régimen en La Habana; apaga la luz de una de las regiones más productivas de la geografía cubana.

Pero nunca se culparán ellos mismos. Nunca a ellos. Mi amigo me dice, y con esto termino, que lo que duele no es solo perder el trabajo. Duele saber que los que nos robaron la esperanza no pagan nunca. Y que mientras ellos siguen viviendo en sus burbujas blindadas, Moa se muere.

Y con Moa, se muere un pedazo de Holguín. Y con Holguín, otro pedazo de Cuba. Y así, pedazo a pedazo, hasta que no quede nada. Solo ruinas y silencio. Y la certeza de que nunca debimos depender de un solo recurso, de una sola empresa, de un solo apellido. Pero esa lección, como siempre, llegará demasiado tarde. Para Moa, quizá ya lo sea.

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