
¿Presidente? No. Gracias
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay algo conmovedor, casi infantil, en la forma en que ciertos cubanos desde el exilio se preparan para gobernar un país que aún no ha caído. Fundan partidos como quien abre una cuenta de correo electrónico. Diseñan plataformas, redactan manifiestos, ensayan discursos frente al espejo de una habitación alquilada en Miami, Madrid o Bogotá.
Todo parece sencillo, sobre el papel: nombra ministros, firma leyes, atrae inversiones, abre fronteras, cierra cuarteles. Pero la tarea de gobernar Cuba después del castrismo es como recibir una casa heredada que tiene el techo hundido, las tuberías rotas, los vecinos armados y un fantasma en cada habitación. La mayoría no lo ve. O no quiere verlo.
La agenda visible es inmensa, claro. Hay que levantar termoeléctricas para que los apagones no sean eternos. Hay que comprar flotas de ómnibus que sí lleguen. Hay que rescatar hospitales donde ya ni el dolor encuentra cama. Hay que poner freno al crimen que florece como maleza en el abandono.
También hay que terminar con el servicio militar obligatorio y desmontar un ejército que durante décadas ha sido más negocio que defensa. Hay que juzgar a los ladrones del presente y a los asesinos del pasado reciente. Todo eso es urgente. Pero es apenas el escombro que hay que remover antes de empezar a construir. El problema real no está en los escombros. Está en lo que queda debajo.
La ruina dejada por el castrismo
Porque el castrismo no solo dejó una economía en ruinas. Dejó una virtud amputada. Durante sesenta años, el sistema enseñó que trabajar no vale. Que la astucia vale más que el esfuerzo. Que la mentira institucional es moneda corriente. Que la dignidad se pliega cuando llega la cartilla.
Y entonces, gobernar no será solo cambiar leyes. Será devolver a un pueblo la certeza de que la honestidad no es una ingenuidad, de que el respeto a la ley no es una concesión al enemigo, de que la tolerancia no es debilidad. Habrá que enseñar, casi desde el jardín de infancia, que uno puede discrepar sin odiar. Que la educación cívica no es adoctrinamiento. Que el orden no es sinónimo de dictadura. Una tarea áspera, silenciosa y larguísima, para la que hoy nadie lleva preparado ni un borrador.
Y luego está lo otro: la herida del que se fue y el que se quedó. La familia rota por el canal de Florida. El cubano de la diáspora que vuelve diciendo «yo sé lo que hay que hacer» y no ha pisado un hospital público en treinta años. El que se quedó, que aprendió a sobrevivir con ingeniería inversa y desconfianza crónica.
Gobernar será tender puentes entre dos Cubas que a veces se miran como desconocidas. Porque la diáspora también es Cuba, cierto, pero una Cuba que ya no suda aquí, que ya no hace cola aquí, que ya no debe explicar por qué su hijo se fue, por qué su madre sigue aquí, por qué todo el mundo parece culpable y nadie parece responsable. Esa reconciliación no se decreta. Se siembra con paciencia de campesino en tierra mala.
Es una tarea de generaciones
Por todo eso, cuando alguien me pregunta si me gustaría ser presidente de la Cuba futura, mi respuesta no es falsa modestia. Es una certeza fría: no. No, gracias. No porque no quiera ayudar. No porque no tenga ideas. Sino porque sé lo que no sé. Y lo que no sé es cómo devolverle a un pueblo entero la noción de que el trabajo es virtud y no castigo. Cómo enseñar dignidad sin caer en el sermón. Cómo hacer que la gente vuelva a creer en algo que no sea una visa o una remesa.
Esa no es tarea de un presidente. Es tarea de generaciones. Y los presidentes, ya se sabe, suelen querer resultados para la próxima encuesta. Aquí no hay encuesta que aguante tamaño derrumbe.
Así que, por favor, sigan fundando sus partidos. Sigan diseñando sus logos alineados y sus transiciones perfectas en PowerPoint. Yo, mientras tanto, me dedicaré a ayudar a reconstruir desde abajo, sin banda presidencial, sin retrato oficial, sin juramento. Porque presidir Cuba no es llegar. Es quedarse. Y eso, con perdón, ya no me cabe en el pecho.
Y que queda claro: necesitamos un presidente, varios candidatos, programas de gobierno diferentes, y necesitamos también, más que todo, que el castrismo se termine.






