¿Por qué Díaz-Canel ya no va a los municipios?

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Por Oscar Durán

La Habana.- La ausencia de Miguel Díaz-Canel en recorridos por municipios no ha pasado inadvertida. Durante años, esas visitas fueron vendidas como parte de una agenda de supervisión constante, una especie de puesta en escena donde el mandatario recorría comunidades, escuchaba planteamientos y prometía soluciones que casi nunca aterrizaban en resultados concretos. Hoy, ese formato parece haberse ido apagando poco a poco, y no precisamente por falta de problemas que atender.

Una de las razones más evidentes es el desgaste político de esas giras. Cada visita presidencial terminaba convertida en el mismo libreto: reuniones cuidadosamente organizadas, dirigentes locales repitiendo cifras optimistas y una población filtrada para evitar escenas incómodas. El problema es que la realidad cubana hace rato dejó de caber en una escenografía controlada. Apagones, escasez, inflación y deterioro social convierten cualquier salida pública en un terreno potencialmente hostil.

Díaz-Canel también sabe que su imagen atraviesa uno de sus peores momentos. Después del 11 de julio y de múltiples protestas posteriores en distintas provincias, cualquier aparición espontánea implica riesgo político. No hace falta imaginar conspiraciones cinematográficas para entenderlo: el verdadero temor parece ser el rechazo ciudadano, el malestar acumulado y la posibilidad de una protesta inesperada frente a cámaras o teléfonos móviles.

A eso se suma un dato incómodo para el propio gobierno: aquellas visitas no resolvían prácticamente nada. Servían para generar contenido propagandístico y alimentar titulares oficiales, pero difícilmente cambiaban la vida cotidiana del cubano promedio. El pan seguía faltando, el combustible desaparecía, los hospitales continuaban deteriorándose y la electricidad seguía convertida en lujo intermitente. Mucha inspección, poca solución.

Quizás por eso el mandatario parece haber optado por una presencia más controlada y menos expuesta. Menos municipios, menos contacto directo y más narrativa institucional desde espacios cerrados. Al final, recorrer el país cuando el país se cae a pedazos tiene un problema elemental: mientras más miras de cerca la crisis, más difícil resulta fingir que todo marcha bajo control.

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