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Por Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- Cuando veo que desde el exterior se fundan partidos para gobernar una Cuba futura, no me río por maldad. Me río porque, si uno no se ríe, termina llorando frente al refrigerador vacío, peleando con una cola o pidiéndole explicaciones al administrador de una bodega que lleva cerrada desde el martes, aunque hoy sea viernes.

La escena, vista desde lejos, tiene su encanto. Una mesa seria. Una bandera bien planchada. Un logotipo recién hecho. Un comunicado con palabras grandes. Transición. República. Libertad. Institucionalidad. Liberal. Ortodoxo. Todo suena limpio, ordenado, casi europeo. Muy de PDF con membrete y café en vaso reciclable. Pero uno mira para Cuba, la de verdad, y se le cae el PowerPoint en la cabeza.

Porque la pregunta no es ideológica. Es bastante más pedestre. Casi doméstica: ¿habrá una Cuba que gobernar? No hablo de la bandera. Esa aparece siempre, aunque esté desteñida, colgada con pinzas de tender ropa o impresa en una cartulina que se dobla con la humedad. Hablo del país real: el del apagón largo, el de la guagua que no pasa, el del edificio que parece que pidió asilo arquitectónico, el de la abuela sola, el hijo en Kentucky, el médico en Chile y el ingeniero vendiendo croquetas con más disciplina empresarial que una corporación estatal.

Un inventario de personas

Mientras tanto, en el exilio se fundan partidos, movimientos, frentes, plataformas, alianzas, consejos y comités. Falta poco para que nazca el Partido Cubano de Personas con Opiniones Fuertes en Facebook. Ese sí tendría militancia masiva, delegaciones en todos los países, crisis interna desde el primer día y tres comunicados antes del desayuno.

Todo el mundo tiene un plan: de transición, de reconstrucción, de retorno, económico, constitucional, para reconciliar a la nación. Muy bien. De verdad. Pero falta el plan para prender el ventilador. Falta el plan para que llegue la guagua, para que en el hospital haya suero. Y falta el plan para que el maestro no termine vendiendo pizzas, pero, sobre todo, el plan para que la gente vuelva a creer en algo que no sea una remesa, una visa o una batería externa.

Yo me imagino el debate presidencial de esa Cuba futura. La Habana cansada, no destruida del todo, pero sí con esa cara de haber pasado demasiadas noches sin dormir. El Malecón salpicando a la primera fila. Una tarima armada con tablones reciclados. Dos atriles de madera. Un generador chino sonando como un asmático subiendo la Loma de Chaple. La moderadora, muy profesional, pregunta: «¿Cuál será su programa de gobierno?».

La primera candidata abre una carpeta. Se va la luz. La segunda sonríe. Vuelve la luz. Se va internet. El público aplaude. No por entusiasmo. Por reflejo nacional. Luego viene la pregunta clave: «¿Qué hará usted en sus primeros cien días?». La candidata mira al público, mira un perro flaco cruzando por Prado, mira el Capitolio con una mata creciendo en una cornisa y responde, con una seriedad impecable: «En los primeros cien días vamos a contar cuántos quedamos».

Y ese sí sería un programa serio: día uno, inventario de personas; día dos, inventario de bombillos; día tres, inventario de hospitales; día cuatro, inventario de cubanos con deseos reales de volver; día cinco, inventario de cubanos que quieren opinar desde lejos, pero sin pagar impuestos ni coger lucha. Ese día no alcanza ni con horario extendido.

Gobernar será en extremo difícil

El problema no es que la diáspora piense Cuba. La diáspora también es Cuba. Cuba se fue en maletas, audios de WhatsApp, remesas, cumpleaños por videollamada, nostalgia mal administrada y fotos frente a supermercados donde el pan parece patrimonio cultural. El problema es repartir ministerios imaginarios sin mirar si todavía queda un país entero debajo del mapa. Gobernar Cuba no será llegar al Palacio y cambiar el retrato. Ojalá fuera eso.

Lo difícil será gobernar hambre, apagones, ruinas, emigración, trauma, desconfianza y una población entrenada durante décadas para sospechar de cualquiera que diga «yo tengo la solución». A estas alturas, el cubano oye esa frase y revisa si todavía tiene la cartera en el bolsillo. El primer gobierno democrático no va a necesitar solo votos. Va a necesitar casco, linterna, Excel, psicólogo, electricista, una prima en España y un socio en Miami que consiga piezas. Y, sobre todo, va a necesitar algo más escaso que el pollo: credibilidad.

Por eso, fundar partidos puede ser útil. Pensar el futuro también. Nadie quiere que el día después llegue con la misma libreta y cero ideas. Pero conviene bajar un poco el tono mesiánico. Menos foto con bandera, más inventario nacional. Menos «estamos listos para gobernar», más «sabemos el tamaño del desastre». Porque Cuba no será una oficina vacía esperando nuevos administradores. Será una casa con el techo roto, el fogón de leña caliente, los papeles perdidos, los vecinos peleados y media familia fuera.

Antes de hablar de República habrá que tocar la puerta, mirar por la ventana, ver si queda alguien, pedir permiso, prender una luz y preguntar bajito, como quien no quiere molestar: «¿Aquí todavía vive Cuba?»

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