¿Por qué Díaz-Canel ya no va a los municipios? (II)

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Querido Oscar, usted es un hombre serio y yo le tengo un cariño enorme, pero permítame decirle que se ha quedado corto. Usted habla de desgaste político, de escenografías controladas, de miedo al rechazo ciudadano. Y tiene razón, claro que la tiene. Pero eso es la puntita del iceberg, amigo. Lo que usted no dice, o quizás no quiere decir, es que Díaz-Canel ya no sale de La Habana porque tiene un miedo atroz, un miedo visceral, un miedo que le retuerce las tripas cada vez que asoma la nariz en el balcón de donde vive, o donde trabaja. Y no me refiero al miedo lógico a que le tiren un huevo podrido o le griten «singao» en un pueblo de Oriente. No. Me refiero a un miedo más profundo, más calculador, más de dictador con el culo al aire.

Usted y yo sabemos, Oscar, que el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, ese que se pone la gorrita militar para las fotos, sabe que es un blanco demasiado fácil. ¿O acaso cree que los helicópteros artillados de la Marina de Estados Unidos no pueden cruzar el estrecho en quince minutos? ¿O que un misil Tomahawk lanzado desde un destructor en Cayo Hueso no puede impactar con precisión quirúrgica su caravana de Mercedes blindados? Díaz-Canel lo sabe. Y como es un tipo cobarde, profundamente cobarde, ha decidido que lo mejor es no dar el blanco. No se lo reprocho, oiga, que yo tampoco saldría. Pero que no nos venda la moto de la «nueva normalidad».

Por eso, querido Oscar, cuando usted insinúa (https://elvigiadecuba.com/diaz-canel-ausencia-municipios/) que no sale por el rechazo ciudadano, yo le digo: amigo, es eso y mucho más. Es el pánico a que un misil le haga la cama, a que un dron le arruine la tarde, a que un comando de los Navy SEALs lo saque del baño en Pinar del Río y lo lleve a una base en Guantánamo. Usted recuerda aquello de «venga por mí, cobarde» que decía Nicolás Maduro cuando estaba acorralado. Pues Díaz-Canel ni eso. Ni siquiera la pose. Porque Maduro, con toda su locura, al menos ponía el pecho. Este señor, en cambio, se esconde detrás de las cortinas del Palacio y gobierna por videoconferencia y las cada vez más habituales entrevistas. Qué pena.

Miedo, sobre todas las cosas

Y todo esto, insisto, se lo digo con el cariño de siempre, pero es la verdad. El impuesto presidente de Cuba no va a los municipios porque tiene miedo. Miedo a que lo humillen, sí. Pero también miedo a que lo maten, a que lo secuestren, a que su Mercedes termine convertido en una bola de fuego vista desde Miami. Y como es un tipo calculador, ha hecho sus cuentas: mejor vivir cuatro años más en La Habana con aire acondicionado que arriesgar el pellejo en una gira por Guantánamo. Hasta los cobardes tienen estrategia, Oscar.

Así que ya sabe, amigo. No espere ver a Díaz-Canel en una carretera secundaria, ni en un pueblo remoto, ni en una fábrica con obreros reales. Eso se acabó. Ahora el presidente es un fantasma que habla desde la televisión, un holograma de la Revolución que solo sale de su cueva cuando la escolta es impenetrable y el cielo está blindado. Porque, entre usted y yo, el hombre aprendió la lección: en Cuba, hasta los dictadores tienen fecha de caducidad. Y él no quiere que la suya llegue antes de tiempo. Un abrazo, Sotero.

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