Unicef «suple» carencias de la dictadura cubana en la atención infantil en Holguín

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Por Jorge Sotero

Holguín.- En medio de un país donde la escasez marca el ritmo diario de millones de familias, vuelve a quedar en evidencia quién está sosteniendo, en buena medida, lo que el régimen cubano no logra garantizar. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) impulsa en Holguín una serie de proyectos dirigidos al desarrollo integral de niños en situación de vulnerabilidad, con énfasis en el suministro de medios escolares y la mejora de infraestructuras. Lo llamativo no es la ayuda en sí, sino la necesidad urgente de que venga desde fuera.

Según explicó Yaima Cruz de la Cruz, responsable de Primera Infancia en la Dirección General de Educación, estos programas cuentan con el respaldo de entidades como Igalia y la Generalitat Valenciana. Es decir, cooperación internacional para sostener un sistema que, en teoría, el propio régimen presenta como uno de sus mayores logros. La pregunta cae por su propio peso: si el modelo funciona, ¿por qué depende de donaciones extranjeras para algo tan básico como la educación inicial?

Los recursos entregados por Unicef —ventiladores, microondas, refrigeradores, tanques de agua y mobiliario— retratan una realidad incómoda. No se trata de lujos, sino de condiciones mínimas. Que hogares de niños sin amparo familiar y círculos infantiles necesiten este tipo de asistencia revela el nivel de abandono estructural en el que han estado operando durante años. Mientras tanto, el discurso oficial sigue vendiendo una imagen de sistema robusto que, en la práctica, hace agua por todos lados.

A esto se suma la implementación de “casitas” para hijos de madres trabajadoras, una alternativa que el propio organismo internacional ayuda a estructurar con materiales didácticos y guías metodológicas. Lo venden como estrategia, pero en el fondo es un parche. Un intento de cubrir con creatividad lo que debería resolverse con políticas públicas efectivas y recursos propios. Porque cuando un país necesita manuales externos para organizar su red de cuidado infantil, el problema no es de metodología, es de fondo.

Los beneficiarios en municipios como Moa, Báguano o zonas del Plan Turquino, junto a los kits entregados tras el huracán Melissa, evidencian otra constante: la reacción, no la prevención. Juguetes, artículos de higiene y materiales escolares llegan después del golpe, no como parte de una planificación sólida. Y aunque las autoridades destaquen el impacto positivo de estas acciones, la lectura real es otra: sin la intervención de organismos internacionales, miles de niños en Cuba quedarían aún más expuestos a una precariedad que el Estado, por sí solo, no ha sabido —o no ha querido— resolver.

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