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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- El primer ministro inglés dijo un día: “La democracia no es perfecta, pero búsquenme algo mejor”. Escucho recomendaciones.

Miguel Díaz-Canel acaba de decir algo parecido, pero a la inversa. Ha dicho que en Cuba hay que cambiar todo lo que deba ser cambiado, pero sin renunciar al socialismo. Según él, se dará más libertad a los municipios; se permitirá que la empresa privada importe y exporte; se eliminarán ministerios innecesarios; se autorizará la inversión de cubanos residentes tanto dentro como fuera del territorio nacional; y se agilizarán los permisos para abrir pequeños negocios y empresas, tanto nacionales como extranjeras.

Dijo más. Habló de los opositores afines al castrismo y, para parafrasear a Churchill, aseguró que está abierto a nuevas ideas y recomendaciones.

Todo esto surge impulsado, o más bien obligado, por las circunstancias. Pero, ¿será verdad?

De hecho, no lo es. Estas declaraciones se producen bajo presión, empujadas por la profunda crisis nacional. Hay algo que sí está claro para los cubanos y para todo aquel que cometa el error de creerles: todas las reformas en Cuba han sido coyunturales.

Los castristas son como las tiñosas que, cuando llueve, se proponen hacerse una casa; pero cuando escampa, dicen: “¿Ya pa’qué, si ya escampó?”.

Cuidado, mucho cuidado. Este perro ha mordido a los cubanos demasiadas veces. Y solo a un incauto, a un idiota lo morderá de nuevo.

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