
Incendio en hospital de Cienfuegos expone deterioro eléctrico
Por Anette Espinosa
Cienfuegos.- Otra vez la noche, otra vez el susto, otra vez un hospital en el centro de la escena. Un incendio en el Hospital General Universitario Dr. Gustavo Aldereguía Lima, en Cienfuegos, encendió las alarmas alrededor de las 9:00 p.m., según reconoció el medio local 5 de Septiembre.
La versión preliminar apunta a un presunto cortocircuito en áreas inferiores del centro, con una investigación en curso. Hasta ahí llega el parte. Lo justo, lo mínimo, lo que no pueden esconder.
Pero en Cuba la información no baja desde arriba, sube desde abajo. No fue el noticiero, no fue la prensa oficial. Fueron ciudadanos, testigos anónimos, gente de a pie, quienes comenzaron a contar lo que realmente estaba ocurriendo dentro y fuera del hospital. Una vez más, el relato se construyó primero en la calle y después —si acaso— en los canales del régimen. Es el mismo patrón de siempre: el pueblo informando y el poder administrando el silencio.
Las autoridades, fieles a su libreto, hablaron de “medidas tomadas” para proteger a pacientes y personal. Una frase que ya no dice nada. Una frase vacía que se repite cada vez que pasa algo grave.
Lo importante aquí no es cómo reaccionaron, sino por qué ocurrió. ¿Cómo es posible que en un hospital un fallo eléctrico termine en incendio? ¿Quién responde por el deterioro evidente de instalaciones que deberían ser sagradas?
Hoy no hay víctimas que lamentar, y eso, en Cuba, casi se celebra como un milagro. La ausencia de tragedia no puede tapar la raíz del problema. Un cortocircuito en cualquier país con infraestructura estable puede ser un accidente. En la isla, donde los apagones son parte de la rutina y los sistemas eléctricos están al límite, deja de ser casualidad. Es consecuencia directa de años de abandono, de parches, de promesas incumplidas.
Lo más preocupante es que nada de esto sorprende. Que ya forma parte de la normalidad. Incendios, fallas, silencios y versiones a medias. Y en medio de todo, un pueblo que se entera primero por sí mismo, porque aprendió hace rato que esperar por la verdad oficial es, simplemente, perder el tiempo.
Mientras tanto, la pregunta sigue en el aire, incómoda y sin respuesta: ¿hasta cuándo va a sostenerse un sistema que depende más de la suerte que de la responsabilidad?






