Por Luis Alberto Ramírez ()
MIami.- La supuesta objetividad de ciertos medios queda en entredicho cuando se analizan decisiones editoriales como esta. Que CNN haya optado por entrevistar al nieto de Fidel Castro —Sandro Castro— no es un detalle menor, es una señal.
Se trata de una figura que no representa al cubano promedio: sin historial laboral conocido, sin haber cumplido con obligaciones básicas como el servicio militar obligatorio, y con acceso a inversiones en negocios de lujo en La Habana. Es decir, alguien que vive en una burbuja completamente desconectada de la realidad cotidiana del ciudadano común.
La pregunta clave no es por qué se le entrevistó, sino por qué se le dio prioridad sobre el cubano de a pie, ese que hace colas interminables, que vive entre apagones, escasez y represión. Si el periodismo busca reflejar la realidad, ¿por qué escoger a quien encarna el privilegio del sistema?
La respuesta apunta a una lógica mediática más profunda: ciertos relatos necesitan rostros “presentables”, figuras que suavicen la percepción de un régimen cuestionado. No se busca confrontar la realidad, sino matizarla. Para ello, nada mejor que alguien “intocable”, cuya cercanía al poder lo protege y al mismo tiempo lo convierte en instrumento útil para proyectar una imagen menos cruda.
El resultado es una entrevista que pierde credibilidad no por lo que dice, sino por lo que omite. Porque en contextos como el cubano, la verdadera objetividad no consiste en dar voz al poder, sino en visibilizar a quienes no la tienen. Es como pedir al lobo su opinión e ignorar la opinión de las gallinas.
Post Views: 7