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Inglaterra, 1196. Cuando murió el conde de Salisbury, su heredera tenía apenas nueve años. Se llamaba Ela.
En la Inglaterra medieval, una fortuna no convertía a una niña en poderosa. La convertía en objetivo. Su riqueza significaba tierras, títulos, influencia. Y alguien cercano entendió la oportunidad. Su propio tío.
Antes de que pudiera quedar bajo protección real, Ela desapareció. Fue llevada a Normandía y escondida en una fortaleza remota. El plan era simple: mantenerla fuera de la vista hasta que su nombre se desvaneciera y su fortuna cambiara de manos.
Era pequeña. Era huérfana. Y parecía fácil de borrar. Pero alguien decidió no dejar que la olvidaran.
Un caballero inglés llamado William Talbot emprendió una búsqueda poco común incluso para su tiempo. Viajó disfrazado de peregrino, recorriendo castillos uno por uno. Bajo las ventanas altas de piedra, cantaba baladas tradicionales, esperando que una voz respondiera.
Durante dos años repitió el ritual. Castillo tras castillo. Canción tras canción. Hasta que, desde lo alto de una torre normanda, una voz infantil respondió. Ela estaba viva.
Los detalles exactos de su rescate se han perdido entre crónicas y leyendas. Lo cierto es que regresó a Inglaterra y fue presentada ante el rey Ricardo I, quien la puso bajo protección real y concertó su matrimonio con William Longespée, hermanastro del monarca.
Podría parecer el final de la historia. No lo fue.
Ela no se desvaneció en la sombra del matrimonio. Junto a William participó en la fundación de la Catedral de Salisbury, una de las obras más notables del siglo XIII. Gobernaron sus dominios durante décadas.
En 1226, William murió repentinamente. Y con su muerte llegaron las presiones.
En la Inglaterra medieval, una viuda rica era una pieza codiciada. Hombres poderosos comenzaron a maniobrar para forzar un nuevo matrimonio. Uno incluso intentó imponerlo antes de que terminara el duelo.
Ela respondió de manera inesperada. Invocó la Carta Magna, específicamente la cláusula que protegía a las viudas de ser obligadas a casarse contra su voluntad.
Se negó. Y no solo eso. Asumió el cargo de Alta Sheriff de Wiltshire, uno de los puestos administrativos más influyentes del reino. Recaudó impuestos, administró justicia y respondió directamente ante la Corona. Fue una de las pocas mujeres en toda la Inglaterra medieval que ocupó ese cargo.
Gobernó. Decidió. Mandó.
Años después, fundó la Abadía de Lacock. Y cuando estaba en la cima de su poder secular, tomó otra decisión sorprendente: ingresó allí como monja. Más tarde fue elegida abadesa.
Dirigió la comunidad durante diecisiete años. Negoció privilegios, obtuvo cartas reales y consolidó la institución que ella misma había creado.
Murió en 1261, a los 74 años.
La niña que debía desaparecer en una torre terminó siendo condesa, sheriff y fundadora de una abadía que aún existe.
Su historia no es solo la de un rescate romántico. Es la de una mujer que sobrevivió a la ambición ajena, reclamó su autonomía y utilizó las leyes de su tiempo para proteger su libertad.
Intentaron borrarla. La convirtieron en leyenda. (Tomado de Datos Históricos)