Premian en Guantánamo a empresa de propaganda por sus resultados económicos y apoyo a actos políticos

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Por Anette Espinosa

Guantánamo.- La noticia merece un aplauso… pero de esos lentos, cargados de ironía. En un país donde faltan medicinas, la corriente eléctrica es un visitante ocasional y el salario apenas alcanza para sobrevivir una semana, la gran hazaña del año parece ser premiar a quienes mejor organizan actos políticos y fabrican propaganda.

Hay que reconocerlo: mientras el cubano hace malabares para encontrar un cartón de huevos, siempre hay recursos para imprimir pancartas, montar tribunas y garantizar que la escenografía de la épica revolucionaria jamás falle.

Esteban Agüero Iznaga, director de la Unidad Empresarial de Base (UEB) Propaganda y Eventos Guantánamo, presume de más de diez millones de pesos ingresados y habla, con entusiasmo contagioso, de transformaciones económicas y sociales.

Dan ganas de preguntar en qué país ocurrieron esas transformaciones, porque en la Cuba que conoce el ciudadano de a pie la única transformación visible es la del peso cubano, que cada día vale menos. Pero qué importa el precio del arroz o la ausencia de medicamentos cuando los indicadores económicos de la propaganda marchan viento en popa. Al parecer, la miseria también puede ser rentable… siempre que se venda con un buen cartel de fondo.

Resulta casi poético que uno de los méritos destacados sea el «sostenido apoyo» a los actos políticos. Es decir, mientras medio país hace cola para comprar pan y el otro medio hace cola para emigrar, hay un colectivo siendo condecorado por garantizar que no falten banderas, afiches y micrófonos en cada ceremonia oficial.

La revolución podrá quedarse sin combustible, pero nunca sin un escenario bien decorado para decir que todo marcha de maravillas.

Y como broche de oro, llega el reconocimiento especial por las actividades del aniversario del Moncada. Porque si algo necesitaba el cubano en plena crisis era saber que la decoración del acto quedó impecable. No importa que los hospitales se caigan a pedazos o que los apagones conviertan las noches en una excursión al siglo XIX. Lo verdaderamente trascendental era que el telón estuviera bien puesto y que las consignas se vieran bonitas para la foto oficial.

Al final, el premio no sorprende; simplemente retrata las prioridades de un sistema que lleva décadas confundiendo propaganda con progreso. La realidad se desmorona y se condecora a quienes maquillan el escenario. Y esa, quizás, sea la mayor falta de respeto de todas: celebrar la fábrica de ilusiones en lo que el país entero vive, precisamente, sin nada que celebrar.

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