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Por Ulises Toirac ()

La Habana.- Ayer salimos Alina y yo a una tienda particular a una cuadra de la casa. Hacía falta agua para beber, fría, porque el swing de apagones no permitió que se enfriara la última hervidura.

La cosa es que, estando en la cola de la caja, yo salgo al portal y me percato —con esa manía de viejo que me ha dado por las cosas dulces— de que justo enfrente hay una mipimita más modesta, en un garaje, donde venden chucherías.

A Alina hay que cogerla cuando tiene el monedero encima. No es que sea agarrada, pero le cuesta un trabajo del carajo aflojar dinero y… ok, sí, es tacaña con carajo, ya. Total, si ella no lee mis publicaciones.

Yo andaba sin un quilo, así que entré a la tienda y le dije:

—¿Me puedes dar quinientos pesos?

Ella respondió seca y tajante:

—No.

Y salí de nuevo al portal, a mirar en la tiendita de enfrente a la gente comprando galletitas dulces.

Yo no sé el aspecto que tendría, que al cabo de medio minuto vino el señor —aparentemente extranjero— que estaba delante de Alina en la cola, con quinientos pesos en la mano, y me los ofreció.

No me cagué de la risa porque era un gesto solidario, pero estuve a punto de largar un par de mocos aguantando.

Obvio que le aclaré al señor que aquella era mi esposa y que quería comprar algo enfrente. Masculló algo como: «Pero sin problemas, de verdad». Y me sonreí, agradecido.

Cada cual piensa lo que le toca. Yo pensé que el hombre me había tomado por un mendigo, pero saliendo con los dos pomos de agua, le hice el cuento a Alina y se insultó:

—¡Eh, pero… ese hombre debe haber pensado: «Esa mujer de mierda no tiene corazón para los necesitados»!

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