
La desfachatez de La Habana: injerencia en casa ajena
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Mientras Cuba se deshace entre apagones interminables, escasez, colas y una miseria que asfixia a millones de familias, Miguel Díaz-Canel se sube a un escenario en La Habana, rodeado de un puñado de comunistas trasnochados —algunos llegados cómodamente desde Estados Unidos— para explicarles cómo hay que hacer la revolución… pero, por supuesto, en casa ajena. Porque después de 67 años haciendo la suya todavía no han logrado terminarla. Debe ser que la obra viene con retraso.
En medio de la perorata, el puesto a dedo se hizo el indignado porque Estados Unidos señala al régimen cubano como un foco de subversión y espionaje y porque figuras como Marco Rubio han advertido durante años sobre la utilización de programas, organizaciones e intercambios ideológicos para extender la influencia política de La Habana. Díaz-Canel calificó esas acusaciones de “fantasiosas” y hasta de “psicóticas”. El problema fue que la actuación de víctima inocente le duró poco.
Minutos después, el propio Díaz-Canel se encargó de echarle gasolina al argumento de quienes acababa de acusar. Frente a delegados extranjeros y hablando de estadounidenses formados en Cuba, lanzó el llamado: “Hay que ganar las calles, los barrios, las fábricas, las escuelas”. Y ahí es donde uno se pregunta: ¿qué calles, qué fábricas y qué escuelas pretende que “ganen”? ¿Las cubanas? No me hagan reír. En Cuba la calle ya tiene dueño: el Partido Comunista. El cubano que intenta “ganarla” por su cuenta corre el riesgo de terminar ganándose, además, unos cuantos años de cárcel.
El Canelo quiere las calles de EEUU
El mensaje era hacia afuera, especialmente para Estados Unidos (https://www.facebook.com/reel/1433938502123811). Y ahí aparece la desfachatez completa: el mismo régimen que grita “¡injerencia!” cada vez que alguien desde el extranjero denuncia una violación de derechos humanos en Cuba, utiliza tranquilamente una tribuna en La Habana para exhortar a sus simpatizantes en otros países a ocupar espacios políticos, sociales, laborales y educativos. La injerencia es pecado cuando se la hacen a ellos; cuando la practican ellos, entonces le llaman solidaridad, internacionalismo o lucha revolucionaria.
Y no estamos hablando de una simple contradicción retórica. Durante décadas el castrismo ha entendido perfectamente el valor de las organizaciones afines, los intercambios ideológicos, los estudiantes simpatizantes y los inevitables tontos útiles dispuestos a repetir en sociedades democráticas la propaganda que jamás se atreverían a cuestionar cuando visitan Cuba. Todo envuelto en consignas muy bonitas, mientras el verdadero objetivo político se disfraza de solidaridad.
Lo verdaderamente grotesco es que un gobierno incapaz de garantizar electricidad, comida, medicamentos o combustible suficiente para su propio pueblo siga dedicando tiempo y recursos a exportar ideología. Díaz-Canel quiso demostrar que las acusaciones contra La Habana eran producto de una fantasía y terminó ofreciéndoles argumentos a sus críticos desde el mismo podio.
Le salió el tiro por la culata. Quiso denunciar una supuesta paranoia y terminó alimentando la sospecha. Quiso presentarse como víctima de la injerencia y acabó explicando, micrófono en mano, cómo pretende hacer política en casa ajena. Cosas del castrismo: hasta cuando intenta defenderse, se delata solo.






