El día que Roma se vendió al mejor postor

Escuchar este artículo

Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hubo un tiempo en que Roma vendía trigo, esclavos y provincias. Pero en el 193, los pretorianos decidieron poner en el escaparate la última joya de la casa: el trono imperial. Como quien remata un mueble viejo en una feria de pueblo, pero con lanzas y sangre fresca.

Pertinax quiso poner orden y le salió caro. Los pretorianos, que habían hecho de la traición un oficio, no estaban dispuestos a cambiar de rutina. Así que lo mataron, y en vez de buscar un sucesor con decoro, cerraron la puerta del cuartel y sacaron el cartelito: «Se vende Imperio. Oferta al alza».

Entró Didio Juliano con la bolsa llena y la conciencia vacía. No pudo ni traspasar la puerta del campamento, pero desde fuera, a grito pelado, pujó como quien compra un becerro. Y pagó: 25.000 sestercios por soldado. Nunca un precio fue tan alto por un poder tan efímero.

Pero comprar Roma es fácil; gobernarla, ya es otro cantar. Las provincias no estaban en la subasta. Los generales de verdad tenían legiones de verdad, y la noticia del remate imperial les supo a afrenta. Septimio Severo, el más listo de todos, entendió que el poder no se subasta: se toma.

Juliano reinó 66 días. El tiempo justo para darse cuenta de que un imperio comprado a asesinos no se sostiene con facturas. Cuando Severo marchó sobre Roma, los mismos pretorianos que vendieron la púrpura se encogieron de hombros. Y el Senado, que siempre mira al viento, retiró el tapete. El mejor postor acabó ejecutado, y Roma aprendió una lección que no necesita traducción: las coronas no se compran, se conquistan. O, al menos, se defienden.

Comparte esta noticia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *