Robo de sábanas en Santiago de Cuba destapa otra red de corrupción y miseria dentro del sistema estatal cubano

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Por Jorge Sotero

Santiago de Cuba.- Trabajadores de la fábrica textil “Celia Sánchez Manduley”, en Santiago de Cuba, fueron sorprendidos mientras participaban en el robo de mercancía destinada, supuestamente, al pueblo.

Según trascendió, varias personas vinculadas a la entidad, junto a individuos ajenos al centro laboral, sustraían sábanas para enviarlas hacia La Habana y venderlas posteriormente en el mercado informal. Un negocio ilegal más, nacido dentro de un sistema que lleva décadas empujando a la gente a sobrevivir como pueda.

La operación estaba organizada de principio a fin. En la capital ya había compradores esperando el cargamento, listo para entrar al circuito del mercado negro que hoy mueve media Cuba.

Esa es la realidad que el régimen intenta esconder: el cubano no roba por deporte, roba porque el salario estatal no alcanza ni para comprar una almohada. Mientras los dirigentes hablan de resistencia y dignidad, el trabajador de a pie termina convirtiendo cualquier centro laboral en una tabla de salvación económica.

La Policía Nacional Revolucionaria, que esta vez sí actuó con «rapidez», logró interceptar el cargamento antes de que saliera de Santiago de Cuba. Las autoridades ocuparon las sábanas robadas y las devolvieron a la fábrica de donde habían sido sustraídas.

Todo muy bonito para la foto oficialista, como si el problema fuera únicamente un grupo de trabajadores “deshonestos” y no el desastre económico que ha creado la propia dictadura durante más de seis décadas.

Lo verdaderamente escandaloso no es el robo de unas sábanas. Escandaloso es que en un país donde faltan alimentos, medicamentos y productos básicos, la economía informal se haya convertido en el único motor real de supervivencia.

El régimen persigue al que vende una sábana robada, pero jamás señala a los grandes responsables del desastre nacional: una cúpula que vive con privilegios mientras el pueblo inventa, resuelve y delinque para llegar a fin de mes.

La historia de la fábrica “Celia Sánchez Manduley” no es un caso aislado. Es el retrato exacto de la Cuba actual: centros estatales saqueados, corrupción normalizada y trabajadores agotados de vivir en la miseria. Después salen en la televisión culpando al bloqueo, como si el embargo fuera el que obliga a un cubano a robar sábanas para poder comer. La dictadura sigue sin entender algo elemental: cuando un país entero vive desesperado, el mercado negro deja de ser delito y pasa a ser rutina.

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